sábado, 27 de abril de 2013

SOSTENIBILIDAD DE LA CIUDAD


Cuando pienso en los orígenes de la ciudad, me fijo en mi ciudad; en la que he nacido y en la que vivo. Se encuadra al resguardo de la Serra de Collserola y va hasta el mar Mediterráneo acotada por los ríos Besos y LLobregat. Dell mar se levanta un peñasco de nombre Montjuïc, idóneo para alertar de la amenaza de cualquier peligro vecinal. Barcelona pues, se extiende en un lugar privilegiado abastecida por fértiles campos a orillas de estos ríos. Sin embargo, la proximidad de estos  ríos principales no debió de ser suficiente antaño para proveer de agua a la ciudad. Hoy las Ramblas es el lugar natural de paseo de los Barceloneses. La suave brisa que acaricia la piel en los días calurosos es la cola de un canal de aire que vence la resistencia de Collserola entrando por las concavidades dentadas de su forma natural. No sería sorprendente que en otros tiempos las Ramblas acaudalan agua, si entendemos que la 'Riera de Sant Miquel', una calle de líneas meandrosas, muere donde nace la primera de las ramblas –la Rambla de Catalunya– de la que se siguen las otras cruzando el centro de la ciudad hasta desembocar en el mar.
   Veo que de todos los asentamientos posibles algunos reúnen mejores condiciones naturales para el sostenimiento de una comunidad humana: es allí donde fructifican las poblaciones. Esta hipótesis defiende que la naturaleza coadyuva al hombre para asentarse en ciertos lugares ventajosos para sus intenciones comunitarias. En lo esencial, la adaptación territorial del hombre en la naturaleza es equiparable a la del resto de los animales. Sin embargo, su especial aptitud para jugar a su favor con los recursos naturales repercute en un intercambio desfavorable para el medio en el que se adscribe. Su capacidad para causar sin escrúpulos efectos ventajosos en menosprecio de la flora y fauna de la región, perjudica el equilibrio necesario entre especies que sostiene la vida en el territorio. Aunque paradójicamente, como especie viva, el desequilibrio con su medio natural revierte también en contra suyo. Curiosamente, uno de los problemas principales que debieron sufrir las primeras grandes concentraciones humanas debió de ser el de deshacerse de sus excrementos y orines. La reinversión natural de los detritos en nutrientes para la tierra y para algunos animales, se vió impedida en las ciudades por su singular topografía. La repugnancia corporal hacia los detritos tiene sus fundamentos. Desconozco las conexiones químicas entre la podredumbre de los detritos humanos en la solidez de las capas urbanas con la afluencia de enfermedades como la peste, la sífilis u otras enfermedades, pero no creo decir nada de extraordinario si vinculo esta falta de higiene con la aparición  de estas enfermedades. Este hecho pudiera ser un primer diagnóstico histórico de insostenibilidad medioambiental. Desde esta perspectiva, el deterioro irresponsable del ecosistema o la interrupción de los lazos simbióticos de cooperación con otras especies, traumatiza la Vida en un área revertiendo con la irrupción de enfermedades y muerte. Es el modo tiene la naturaleza de involucionar a un estadio anterior de equilibrio con el ambiente abiótico en el que se desarrolla.
  Ya con la revolución industrial y el trabajo de las máquinas la ciudad adquirió dimensiones insospechadas. Hoy las ciudades del primer mundo están acondicionadas con medidas higiénicas que previenen aquellas enfermedades, pero subsisten todavía otros tipos de contaminantes que traban la salud mental y física de las personas. Aunque el hedor de la podredumbre orgánica no invada las calles, los fármacos antiestrés, antidepresivos, las drogas (las legales e ilegales), los potenciadores sexuales o desinhibidores, por destacar algunos ejemplos, muestran vinculaciones deficientes con el pulso de la Vida en la ciudad. La imprudencia de no haber querido respetar suficientemente la evolución de la Vida, probablemente sea el motivo. Temo que lo peor esté aun por llegar si no se pone remedio inmediatamente a la desnaturalización del ser humano en las grandes comunidades. La introducción del reciclaje es una medida cautelar para contener el gasto de los recursos del subsuelo terrestre, pero no resuelve un problema básico de fondo: la preservación de la Vida en el planeta. Sueño con que las futuras generaciones puedan ver un grado de tecnología tan avanzada y refinada que permita la convivencia con otras especies sin que éstas tengan que pagar por el bienestar humano. Ciudades-park donde el acaecer de la naturaleza marque unas decisiones de orden prioritario para el sostenimiento del ecosistema. La civilización más avanzada sería aquella que de modo consensuado, altera menos el hábitat en el que su propio sentido se desenvuelve.  
                                                                                                 




 








jueves, 28 de marzo de 2013

LA CLASE POLÍTICA.

A lo largo de la historia se ha visto surgir muchos estamentos políticos cuyo fin era mediar una idea de justicia. Y se ha visto sin excepción, cómo los gobiernos terminan por olvidar su deber de servir a la nación y se instituyen como amos de ella. Aunque la relación de dominio entre los gobernantes y el pueblo se asiente en el carisma, la tradición o la legalidad, inevitablemente siempre hay unas minorías que sufren un trato desventajoso. La resistencia de estas minorías al ente dominador obliga a emplear medios de represión. Y la represión pone en evidencia para el represor el poder del que dispone. Esto personaliza la dominación en una relación que ya no tiene freno. Este personalismo en el uso del poder incita pasivamente el descontento popular hasta, entonces, ser finalmente solo una minoría los adeptos a la jefatura del estado y por intereses corruptos. Sin embargo, mientras los disidentes vayan reclamando justicia sin abandonar la idea central que sostiene la política imperante, el liderazgo autárquico seguirá imponiéndose por la vía del terror.  En este estadio, la degeneración política no solo es evidente por el comportamiento de los políticos; también lo es por las muestras de envidia disfrazada de odio que expresan los oprimidos hacia aquellos por los que se cambiarían de inmediato. Para transitar hacia un escenario político mejor tiene que introducirse una nueva idea de justicia social que rompa la hegemonía viciada entre gobernantes y gobernados. Así estallan las revoluciones. Pero inevitablemente esto conducirá a una nueva figura de dominio que exigirá de nuevo someter incómodos reductos de insatisfacción ciudadana para mantener las nuevas ideas afines a la mayoría; y así, el ciclo se reinicia.
   Hoy, nuestro plantel político ofrece signos inconfundibles de haber degenerado la idea rectora que satisfacía ampliamente al pueblo en el siglo XX. Las corruptelas, el 'clientismo' político, el tráfico de influencias y las nominaciones 'amigas', muestran la impunidad de lo que se ha dado por llamar 'clase política', al servicio de sus propios intereses. El término 'clase', acuñado por el marxismo para distinguir dos clases antagónicas en la estructura social, pone claramente de manifiesto la existencia de intereses entrecruzados que incumben paralelamente a sus integrantes. Entre los políticos, si a tí te va mal, a mí me puede ir bien, pero si te va muy mal a mí me va a ir también muy mal. Ellos conviven en una proximidad real, comparten pasillos, almuerzos, eventos, fotografías y muchas otros eventos. WikiLeaks demostró que existe una aceptación tácita incluso en las formas ofensivas de tratarse cara al público, que oculta los intercambios prácticos que mantienen para resituarse en la escena política sin poner en peligro sus privilegios y su sostenimiento como 'clase'. La confabulación comienza con la ocultación masiva de algunas acciones necesarias, aunque impopulares, para el desarrollo de la nación. Así es como se condensa la masa de una clase autónoma por la que los acuerdos van y vienen sin destilar nada al exterior. Fíjense en las acusaciones de corrupción y otros delitos contra adversarios políticos: raramente arrancan de su parte. Este monopolio conoce su poder y no está dispuesto a perderlo pese al descontento del pueblo. Su capacidad de manipular la información en los medios o desviar estratégicamente la atención, es también un modo de atemorizar la población. En el recuerdo de todos están los repetidos engaños que han salido a la luz sin alterar nada la posición privilegiada de los dirigentes culpables. Y la indefensión del pueblo ante esta poderosa impunidad, engendra miedo cuando no terror. Estamos en manos de una 'clase política' cuyos fines nublan los intereses de la nación a la que deberían servir. Nos estaríamos aproximando al estadio que precede a la revolución, sino fuera por la ausencia de un ideario político radical que pueda mejorar el actual y por la negativa del pueblo a emanciparse del 'paternalismo comodón' sobre el que esta clase se asienta ventajosamente.
   Sin embargo, la revolución nunca proporcionará el 'contento social' mientras el cambio exija instaurar  un poder minoritario que legisla y gobierna una comunidad nacional. Lo más urgente es cerrar esta brecha de dominio por la que se infiltran los 'personalismos autárticos' en contra del pueblo. Luego, no es necesario renunciar al sistema democrático cuando éste es, a mi parecer, el instrumento más lúcido para conectar la voluntad del pueblo con las decisiones que le atañen. Lo conveniente es que el ciudadano pueda participar directamente en las decisiones que afectan a su vida. En otras palabras, que se haga responsable de cómo decide vivir. Poder pasar gradualmente de una democracia parlamentaria a una democracia basada en el consenso, cuya figura más rutilante sea la del individuo dentro de la proximidad de los que le rodean. La inmediatez entre el dirigente y el ciudadano se consigue con la representación directa de unos intereses alrededor de una situación compartida que conecta vivencialmente a un grupo de personas. Las decisiones comienzan en el ámbito de lo más privado y se extienden por delegación hacia lo mayoritario, sin olvidar que el primer eslabón de la cadena política recae en el representante de una pequeña minoría conectados entre ellos por una experiencia de vida que comparten. Aquí es relevante hacer especial hincapié en la notoria influencia del territorio geostático y biológico de la región para definir situaciones que comunizan al individuo. Por este motivo la implantación de un modelo de democracia, amparado en la participación del ciudadano en las decisiones políticas que le afectan, es un claro refugio para la sostenibilidad medioambiental. La democracia participativa acaba con la generalidad de un único estamento legislativo que ignora la presencia de los grupos minoritarios. El parlamento si lo hubiera, debería pronunciarse únicamente sobre aquellas problemáticas de índole universal, imposibles de reducir al contexto de situaciones prácticas aisladas. Cada escaño del parlamento representaría una amplia banda de la población que ha liquidado sus asuntos prácticos, pero que sigue lidiando con cuestiones complejas cuya resolución precisa de una legislación conjunta para optimizar el conjunto. La estructura piramidal de la democracia representativa, basada en la participación directa del ciudadano en los asuntos que le conciernen, reduce la cámara de representantes a un número mínimo capaz de consensuar unas leyes de orden muy teórico que consoliden el orden práctico. La figura del diputado aquí, se sostiene en la franja de una proximidad sensible con aquellos a quienes representa, cuya representación comienza en una policromia de comportamientos autónomos que responden a situaciones concretas.  La filiación del diputado con el pueblo, al que debe su escaño, acabaría con la nube de entrelazos diagonales que tejen la clase política. Con la desaparición de la clase política habremos dado un paso más en la justicia del mundo y en la relación del hombre con la naturaleza.




lunes, 18 de febrero de 2013

LA SOCIEDAD DEL ENTRETENIMIENTO


No se si es generalizable mi percepción de un desengaño que esta crisis ha ido revelando durante sus cinco años ya de existencia. El desengaño, por definición, arroja luz sobre un engaño. En los comienzos, el desengaño parecía acompañarse de cierta ira hacia el actor que nos engañaba; con el tiempo, hasta de los jóvenes ha ido desapareciendo la indignación y flota peligrosamente una tediosa apatía sobre materiales muy inflamables. Hoy la crisis sigue titularizando los informativos, los debates políticos, la    vida de las parejas, el saludo matinal de los comerciantes y es visible en la cara muda de los establecimientos persiana abajo. La crisis que irrumpió en el espacio público, ha calado en el interior de los hogares, y hasta en el ánimo de las personas. Pero siento por adentro que no existe una figura alimentándose de nuestro engaño a quien culpabilizar. Es una forma de vida llamada ‘bienestar’ a la que nos hemos apuntado cómodamente para burlar una realidad cancerígena que tratábamos de no ver. Paradójicamente, en mi percepción con la crisis me he liberado de la inutilidad de todos esos fetiches creados por la maquina del consumo que nos elevaban a una suprarealidad con escaso arraigo en la esencialidad de la vida. Productos que parecían imprescindibles por sus avances de última generación, por su diseño exclusivo, por todas las prestaciones nunca utilizadas, y en definitiva, por el postizo que proporcionaban a nuestra identidad. Parecía que afeitarse con una desechable de cuatro hojas, o disponer de sensores-radar para estacionar el vehículo, o degustar sorbetes de tortilla de patata, o tener cámara de aire en los zapatos deportivos, eran indicativos de un nivel seguro de felicidad. De la sociedad del bienestar fuimos pasando a la sociedad del entretenimiento. La comida, la vivienda, la asistencia sanitaria, la defensa jurídica, la educación, la energía, el agua, eran unos mínimos a los que toda persona tenía y tiene derecho como ciudadano. Un derecho, que exigimos imperiosamente sin valorar su coste para otros seres y para la naturaleza de la que formamos parte. Lo superfluo entonces se pervirtió en necesario, y lo que era realmente necesario pasó a ser un derecho terrenal por el que nadie guardaba agradecimientos. Basta ver hoy el enfurecimiento de las masas cuando estos ‘derechos’ se tambalean y las necesidades esenciales de la vida asoman entre los números rojos de las cuentas. Y se culpabiliza, no sin razón, a los más ricos de la situación que ahoga a la gran mayoría, pero ignoramos que nos hemos complacido en el 'entretenimiento social' mientras una parte sustancial de la población mundial carecía de los mínimos para subsistir, los animales eran reducidos a carne y la naturaleza era explotada como materia prima para producir. El efecto regulador de la crisis, y tal vez pueda ser esta su causa, nos devuelve a la franja amarilla de la vida, donde el sustento, el aire que respiramos, el contacto con otros seres vivos y con lo elemental, son de inapreciable valor en el cuadro identitario de la persona.
     En consideración con aquellos que se han visto abocados a la miseria no está bien decir que lo que está pasando sea educativo, pero ver a los políticos indigestándose por sus fraudes, o a los banqueros de rodillas por la prima de riesgo, o los opulentos aplastados por sus lujosas pertenencias, y al grueso de la sociedad en una tediosa resignación, me hace pensar que en el trasfondo de la crisis hay un olvido fundamental que concierne a la vinculación del ser humano con el sentido básico de vida.   Olvidamos que estamos ligados a todas las especies por la evolución de la vida en el planeta. En cualquier actividad humana hay un fluir de la vida que nos conecta biológicamente con todos los seres vivos y con los constituyentes esenciales. La vida es un sistema omeostático que integra a todos los seres vivos. El retorno a un tipo de vida sencilla en el que sí valore la cuota ecológica de nuestros ‘derechos’ como ciudadanos, significa descender de la torre de la frivolidad al llano de la solidaridad; donde hay un entrelazo corporal con los seres vivos y la naturaleza del entorno[1].
   Sigo preguntándome, en mis paseos urbanos, por el sentido de estas setas de butano u otras llamaradas de fuego escampadas por las aceras de Barcelona. La inútil pretensión de acabar con el frío de la ciudad calentando el aire de sus calles, me ha hecho pensar que no es esa su función y debo creer que es la de retener el verano en las terrazas invernales, pese a que en el interior de los establecimientos el coste de mantener la calidez no es nada despreciable. Debemos aprender que nuestra condición de humanos se asienta en nuestra condición natural, a la que no debemos oponernos para vivir bien.




[1] «El ser humano, a la vez natural y sobrenatural, debe volver a las fuentes de la naturaleza viviente y física, de donde emerge y de la que se distingue por la cultura, el pensamiento y la consciencia. Nuestro vínculo consustancial con la biosfera nos conduce a abandonar el sueño prometeico del dominio de la naturaleza por la aspiración a la convivencia en la Tierra.» Morín, E., Los nueve mandamientos: dentro del 5º mandamiento p. 181 T-6
                                                                                           (imatge: Assumpta Taulé)
   

viernes, 23 de noviembre de 2012

JORNADA DE REFLEXIÓ - ELECCIONS 25/N

                                                                                              ............. (En castellano parte inferior)

    He seguit amb descoratjament els debats entre els principals candidats a la presidència de la Generalitat de Catalunya. M'he topat amb els seus espais publicitaris i escolto indiferent les seves declaracions en els mitjans de comunicació. Conclusió: el problema mediambiental per ells no existeix ni a nivell local, ni regional, ni mundial. 
   Fins avui, ni aquells que es posen la 'V' de verds en les seves sigles, m'han comunicat una sola paraula sobre el tema. Est és un fet trist a considerar profundament. O ens ho em inventat alguns exaltats amb la col·laboració de milers de científics, o és el darrer problema en la llista, o als polítics els incomoda defensar el canvi social que significaria prendre-s´ho de debò. 
    No obstant això, aplaudeixo els nassos qui s'ha plantat en favor de la sobirania de l'estat català. --Jo la paraula "independència", la reservo per al regnat del Bhutan, en les seves muntanyes, que té traces de convertir-se en una terra mítica--. També sóc "sobiranista", el primer, però amb matisos. Haig de ser conseqüent amb les meves idees; doncs, dins de l'estat català haig de reconèixer sobiranies territorials, comarcals, urbanes, comunals... fins a on cada persona pot tractar els seus assumptes amb qui els comparteix (se m'enfonsa la teoria de l'Estat modern). I seguint, també sóc responsable d'aquells altres països on la sobirania democràtica perilla per suborns als seus dirigents i manipulacions polítiques orquestrades per grans grups de pressió.
   En el 'soberanisme' no ha d'haver-hi centralisme polític. La política s'exerceix des del localisme d'uns ciutadans lliures que resolen els seus problemes concrets amb independència (ara sí) del que facin els altres  amb els seus. El cercle polític s'amplia en la mesura en la qual l'ordre d'un problema afecta altres comunitats, regions, països, continents, fins a a el món sencer. Es progressa per una proximitat entre comunitats mitjançant una jerarquia de representants que s´arrela en el més proper i immediat a un mateix. Ho anomeno política transversal. No és egoisme. La solidaritat comença quan coneixes i comparteixes una situació comuna amb el teu veí; saps de primera mà al que ha de renunciar i del que es beneficia en els acords assolits. Neix de la comprensió mútua entre persones, pobles o nacions per unes situacions compartides. Una solidaritat imposada per la violència de les armes en una guerra històrica manca de autèntic valor. 
   D'altra banda l'Estat centralista ofega la solidaritat, ja que ve imposada des de l'hegemonia d'unes idees que obliden el contacte real amb persones. I l'opció federalista no la hi creu ningú en aquestes alçades. Suficients indicis han existit recentment per entreveure que és una estratègia de "et dono - et trec" maniobrada per unes competències centrals que es guarden l'última paraula. 
   La política transversal té alta resolució ecològica. La crisi per la qual els candidats a la presidència s'apedreguen en els seus discursos, mai no es veu com una oportunitat de canvi en les maneres de viure de les persones. La satisfacció per ser un agent directe de les decisions polítiques supliria de llarg els reclams publicitaris per calmar les ansietats de qui no pot exercir lliurement la seva voluntat. La lliure responsabilitat de triar la vida que un vol, satisfà la identitat política del ciutadà. La necessitat de consumir l'última novetat retrocedeixen a favor d'altres valors que enorgulleixen la persona. Ara com ara fins aquí arribo; tal vegada sigui una utopia, però les utopies tenen un valor positiu: traçant una direcció.
Sr. Mas, una recomanació: si vol convèncer al món de la conveniència d'un Estat sobirà català, tindrà que explicar-los alguna cosa que no sigui la mera repetició d'un quadre social ja viciat.


He seguido con cierta desazón los debates entre los principales candidatos a la presidencia de la Generalitat de Catalunya. Me han aturdido sus espacios publicitarios y escucho indiferente sus declaraciones en los medios de comunicación. Concluyo: el problema medioambiental no existe a nivel local, ni regional, ni mundial. 

   Hasta hoy, ni aquellos que se ponen la 'V' de verds en sus siglas, me han comunicado una sola palabra sobre el tema. Este es un hecho a considerar profundamente. O nos lo hemos inventado algunos exaltados con la colaboración de miles de científicos, o es el último problema de la lista, o a los políticos les incomoda defender tanto cambio social que significaría tomárselo en serio. 
   No obstante, aplaudo las narices quien se ha plantado en favor de la soberanía del estado catalán. –Yo la palabra "independencia", la reservo únicamente para el reinado del Buthan, ahí en sus montañas, que tiene trazas de convertirse en una tierra mítica–. También soy "soberanista", el primero, pero con matices. Debo ser consecuente con mis ideas; luego, dentro del estado catalán debo reconocer soberanías territoriales, comarcales, urbanas, comunales... hasta donde cada persona puede decidir sobre sus asuntos junto a aquellos con quienes los comparte (se me desmorona la teoría del Estado moderno). Y siguiendo, también soy responsable de aquellos otros países cuya soberanía democrática está mutilada por sobornos a sus dirigentes y manipulaciones políticas orquestadas por grandes grupos de presión.
   En el 'soberanismo' pues, no debe haber centralismo político. La política se ejerce desde el localismo de unos ciudadanos libres que resuelven sus problemas concretos con independencia (ahora sí) de lo que otros hagan con los suyos. El círculo político se amplía en la medida en la que el orden de un problema afecta otras comunidades, regiones, países, continentes, hasta al mundo entero. Se progresa por cercanía entre comunidades a través de una jerarquía de representantes que se enraíza entre lo más próximo e inmediato a uno mismo. Lo llamo política transversal. No es egoísmo. La solidaridad comienza cuando conoces y compartes una situación común con tu prójimo;sabes de primera mano a lo que renuncia y de lo que se beneficia en los acuerdos logrados. Nace de la comprensión mutua entre personas, pueblos o naciones por una situación compartida. Una solidaridad a la fuerza impuesta por la violencia de las armas en una guerra histórica carece de valor. 
    De otra parte el Estado centralista, ahoga la solidaridad, ya que viene impuesta desde la hegemonía de unas ideas que pierden el contacto real con personas. Y la opción federalista no se la cree nadie en estas elecciones. Suficientes indicios han existido recientemente para entrever una estrategia de te doy - te quito orquestada por unas competencias centrales que se guardan la última palabra. 
   La política transversal tiene alta resolución ecológica. La crisis por la que los candidatos a la presidencia se apedrean en sus discursos, nunca se ve como una oportunidad de cambio en los modos de vida de las personas. La satisfacción por ser un agente directo de las decisiones políticas supliría de largo los reclamos publicitarios para calmar las ansiedades de quien no puede ejercer libremente su voluntad. La libre responsabilidad de elegir la vida que uno quiere, colma de identidad política al ciudadano. La necesidad de  consumir la última novedad retrocederá a favor de otros valores que enorgullecen al ciudadano. Hasta aquí, por ahora; tal vez sea una utopía, pero las utopias tienen algo de positivo: marcan una dirección.
   Sr Mas, una recomendación: si quiere convencer al mundo de la conveniencia de un Estado soberano catalán, tendrá contarles algo más que no sea la mera repetición de un cuadro social ya existente.


domingo, 23 de septiembre de 2012

EMOCIONES PROFUNDAS (5)


EMOCIONES PROFUNDAS (5)

El sentido de identidad es fundamental en la más alta esfera de la felicidad humana. Sentirse y hacerse uno mismo en la encrucijada del pensamiento y del sentimiento, es tener una vida con pleno sentido. El capricho o la frivolidad, de quien sus sentimientos flotan en el odio o la envidia, privan al individuo de arraigarse en unos valores primigenios de la vida que la naturaleza transmite al cuerpo en su proceso evolutivo. Análogamente, el sometimiento del pensamiento a un ideario ajeno impide al individuo surgir autónomamente desde sus convicciones más íntimas. Un modelo verdaderamente sostenible debe ser fundado sobre una auténtica la felicidad. El olvido de las lazos con el ecosistema, equivale a prescindir de los canales de la vida en el tratamiento de la identidad. Es como pensar que fuera de la vida podemos sentir plenamente quien somos.
   La identidad del sujeto está estructurada básicamente sobre dos tendencias entrecruzadas. La más difundida, derivada de la corriente individualista y en la que no voy a extenderme, responde en general, a la tendencia del sujeto a identificarse con su idea de lo que las cosas son. Se identifica con su proyecto de vida; luego, su mirada está puesta en el futuro. Tiene que superar otras ideas disconformes para no quedar anulado por aquellas. Aquí manda el principio de competitividad. Pero a mí, la tendencia que más me motiva es la más olvidada. Un sujeto que se rescata a sí mismo desde su anonimato en la cadena causal de la evolución. La relación de las cosas con nuestro cuerpo deja el sabor de unas experiencias y tras ellas, tiene que urdirse la trama de un yo depositario de ellas. Las cosas tienen su propia cualidad y nos conmueven por la necesidad encubierta de tener “alguien” al final del hilo que las sienta para sí mismo. Son “atracciones” que parecen provenir del exterior por su vínculo con nuestro cuerpo. Las cosas, los eventos, no resultan indiferentes o transparentes a nuestro sentir. La sensación de sentirnos en nuestro cuerpo y de sentir las cosas del exterior a la vez, crea un tipo de conexiones por nuestro grado de afinidad con ellas. Así algunos hechos afines, suscitan unas emociones sin dueño que empujan a enriquecernos con su experiencia, para saber a lo último quienes somos realmente. Es la necesidad de refugiarnos en un yo identitario al origen de lo sentido. La identidad, de esta parte, viene pautada por una línea de pasado en la que se recoge una experiencia de vida hasta el momento presente.
    Desde esta perspectiva el sabor de ser-yo se enraíza al trasfondo del entrelazamiento corporal con la realidad de los hechos sentidos. La carencia de “alguien” inmanente al fondo de lo que se experimenta guía emocionalmente la experiencia hacia lo más simbólico de uno mismo. Lo que tiene de más interesante este planteamiento es que la identidad de cada uno se fija alrededor de unos hechos reales con los que se conecta emocionalmente al margen de las interpretaciones subjetivas.
     La fuerza de este planteamiento permite además decir, que la identidad del individuo toma forma bajo el dosel cualitativo de su comunidad. Uno mismo se rescata al abrigo de unas conexiones intencionales con los que le rodean. Por ejemplo, solamente puede identificarse uno en una raza, por analogía con otros de esta misma raza. Muchos de los rasgos físicos y biológicos que nos definen, son determinados, prioritariamente, por nuestro acceso a otros cuerpos análogos. En lo profundo, nos atraen aquellos aspectos  en los que podemos ser identificados. Por esta tendencia cada uno iría tomando posesión de sí mismo en la comunidad hasta situarse en un “alguien” irreductible equivalente a un ‘yo’. Aquí sí prevalece el principio de solidaridad. El otro pertenece a un núcleo común anónimo del cual cada uno se estriba para dar cuenta de sí mismo.  La diversidad es el gran requisito para adquirir cada uno conciencia de sí mismo a través de los demás. No obstante, la comunidad, de la que el individuo toma su individuación, se identifica a su vez sobre su emplazamiento en la biosfera. La interacción física y biológica de sus integrantes está ligada a unas características geográficas, una fauna y una flora autóctonas. De ellas, la comunidad sedimenta sus primeros rasgos psicológicos. Transmitida de generación en generación, hay una experiencia de vida en la memoria de la comunidad, incluso después de las drásticas alteraciones que sufre el entorno por los intereses egocéntricos. Esta experiencia vital se traduce en algo así como un “sentido común” básico, sobre el que otros saberes aprendidos tienen cabida. Por tanto hay un entrelazamiento “hermenéutico” de las costumbres y tradiciones de un pueblo con el entorno ecosistémico en el que se gestan. Esto justifica que la idiosincrasia de un pueblo esté cualitativamente ligada al sustrato bioregional del que deriva su experiencia cognitiva.  No soy el único en decir que se han observado rasgos muy similares en la idiosincrasia de pueblos que habitan un entorno natural similar separados por enormes distancias.   
    Se trata de verificar las huellas de nuestra identidad. La nefasta intervención del hombre en los procesos evolutivos de la naturaleza, ha alterado radicalmente su comportamiento privándole de gozar la plenitud de un estado espiritual en acuerdo con su identidad real. Lo que vengo a decir es que en el ámbito de las decisiones humanas, si éstas tienen por último, como trasfondo, erradicar el sufrimiento, no puede dejarse al margen la cualidad del medio sobre la que la persona adquiere, en buena parte, su identidad real. Desde esta perspectiva, explicada muy sencillamente, cada individuo sostiene unas emociones profundas que le destinan invisiblemente a su canal específico en la irrigación de la Vida. La biodiversidad se adentra por las especies pudiendo diferenciar a cada ser vivo por alguna característica específica, imposible de igualar, que lo hace único e indispensable en el orden causal que mantiene la Vida en el tiempo. La identidad personal se constituye sobre una voluntad cuyo enraizamiento en unas emociones profundas no debe ser arrinconado para coincidir con la verdad. El ethos del ser humano es velar en la naturaleza por salvaguardar el sentido de la Verdad.  

lunes, 20 de agosto de 2012

EMOCIONES PROFUNDAS (4)



   No resulta ilusorio vincular la práctica del liberalismo al desastre ecológico que amenaza con imposibilitar la supervivencia humana. En la contrabalanza de las ideas liberales no se ha puesto la Vida (o la conciencia, no concibo vida sin sufrimiento/felicidad y éstos sin conciencia) como un principio del que se diversifican los seres vivos para preservarla y acondicionarla a todas las situaciones, y en nuestro caso además, para dotarla de significado. Como seres humanos tenemos la capacidad de distinguir entre verdadero y falso en el ámbito relacional de las cosas, o lo que equivale a decir, a relacionar causas y efectos en la trama del tiempo. Creamos una red de significados válida para ajustar un orden en la naturaleza; esta es nuestra cualidad humana en la jerarquía natural


  Pero no somos una posibilidad ilimitada de determinar arbitrariamente el significado de los acontecimientos. Esto ha llevado a pensarnos como los dueños de todo lo que se presenta a nuestros sentidos. Sin embargo, muchos estados psíquicos que nos azoran surgen por el vacío profundo que causa la impresión de uno o varios hechos en la conciencia. Son emociones sin dueño que nos impulsan ciegamente hacia un objeto semi-velado en cuya realidad algo íntimo, de ese alguien que somos, se muestra. El desconocimiento o la percepción distorsionada del objeto, nos conduce, llamados por él, para revelarnos en torno suyo. Con la aprehensión correcta del objeto, la emoción se disipa. El “yo” se revela en sus variadas formas desde la trascendencia del objeto, de la que él es su centro. Luego, no solamente hay un ‘algo’ para un alguien, también hay un ‘alguien’ para un ‘algo’.
  La trascendencia del sujeto es una tentación a la que no se ha resistido el hombre moderno. Bajo esta visión somos todos iguales: una posibilidad abierta en todas direcciones. Esto conlleva, no obstante, que el proyecto individual por el que uno apueste ser y en consecuencia, actuar, descalifique a todo aquel vecino que se interponga en ello. Para garantizar la convivencia es necesario regirse por unos principios morales universales en la síntesis del individualismo y de la igualdad. Se necesita por tanto una estructura política que suscriba la legalidad del contrato social. Por último, la insatisfacción por lo que cada uno debe renunciar de su proyecto personal para sostener dicho contrato, demanda constantemente el mejoramiento del sistema.
    El célebre filósofo político británico John Gray en la introducción de su libro Liberalismo, enuncia el individualismo, el igualitarismo, el universalismo y el meliorismo como las cuatro concepciones definidas comunes a todas las variantes de la tradición liberal. El liberalismo pues, arranca desde un principio de libertad sin restricciones en el individuo, cuya responsabilidad se ciñe solamente a la universalidad de unas reglas morales para preservar el célebre contrato social cuya función es, básicamente, la de protegerse uno mismo de unos potenciales enemigos, que son todos los imaginables. Aquí la sociedad se identifica al trasfondo del individuo, la humanidad se somete a los designios identificativos de la sociedad y se condena la biosfera a las necesidades humanas. Este planteamiento obvia considerar el sentirse uno mismo al fondo de una bio-experiencia de miles de generaciones que termina en la sensación actual que se vive. La opción gratuita, ingrávida, que no soporta la cualidad de Ser de cada cosa por su naturaleza, soslaya el pulso causal de la experiencia que nos impele a actuar en una dirección. Y la experiencia es un segundo grado de la experimentación. Pero son las emociones las que nos conducen a experimentar las cosas: es un método pasivo para conocer quien soy en lo más profundo. La emoción (e-motio: moverse desde) es engendrada desde la realidad trascendente de un objeto desconocido o imputado erróneamente, que atrae al sujeto hacia él. El objeto viene a ser como la percha vacía de la que cuelgan todos sus vestidos. Pero la malentendida libertad como opción absolutamente abierta, desconsidera esta atracción o rechazo emocional que irradia del objeto, en apariencia. Queda reducido a la condición de un “atractor” sobre la conciencia del que el sujeto puede desprenderse voluntariamente para optar sobre él.
   Son muchos los que creen que la libertad se define únicamente como la capacidad del Hombre para obrar a su voluntad sin necesidad de seguir la ley natural. Olvidan su engranaje en la corriente evolutiva de las especies que permite preservar y adaptar la Vida a los constituyentes elementales que se recombinan incesantemente. Somos una expresión autopoiética en el concierto de la Vida, y si damos la espalda a nuestro lugar en este delicado equilibrio, los mecanismo causales que la preservan revierten sobre nosotros en contra, reconduciéndonos fatalmente al lugar que nos corresponde.
    El gusto por la vida es la base del gozo. La desconsideración hacia nuestra función biológica en la trama de la Vida, regentándola como amos de ella, hace que nuestro gozo sea efímero, viciado: subordinado a las convenciones sociales. Si tan cómodos nos sintiéramos conviviendo únicamente entre nosotros no existirían las segundas residencias por ejemplo ni animaríamos los balcones con flores. Y posiblemente sea, la desconsideración hacia otras formas de vida entrelazadas biológicamente con la nuestra, lo que socava nuestra unidad como especie, motivando que nos dañemos entre nosotros e incluso que nos matemos. Una libertad que no toma en consideración nuestra obligación de preservar la Vida en general, se torna en capricho y para esto tiene que revestirse de un “yo”  ficticio para quien el capricho se manifieste como un deber.
 La adaptación de la Vida a las condiciones físicas, mediante especies, subespecies y cada espécimen corporal de los que las componen,  comporta que todos seamos necesariamente distintos en esta vasija común. La herencia biológica que nos acompaña sumada a la experiencia sedimentada por nuestro tiempo de vida recorrido, hace que una misma situación pueda ser sentida de muy distintas maneras en una multiplicidad de individuos. Cada uno rescata su diferencia desde una base común de la que participa. Me siento vivo por ejemplo, por analogía con otros seres vivos frente a lo que no está vivo. Desde esta visión la remisión al objeto pauta un comportamiento centrípeto de encuentro con el yo.
    Luego, no somos iguales; en absoluto, ni surgimos desde la nada como quiere persuadirnos el individualismo acérrimo, ni los principios morales se asientan en la entrecruzada de los conflictos; más bien en la derivada de un bien común anónimo. Por último, la tarea de mejorar, mirando hacia unos efectos esperados, es substituida por la de rectificar mirando hacia el origen de las causas.
   La libertad tiene el precio de la obligación. Una obligación que sobrepasa el respeto a una leyes contractuales en el cruce de los intereses egoístas. Es la obligación de respetar la evolución causal de las especies en sus hábitats e integrarnos en ella para no alterar equilibrio dinámico que fecunda la Vida día tras día.  Esto no se consigue mediante la sola imposición de un reglamento severo sobre los límites universales de la conducta humana en su hábitat terrestre. No; esto se hace también, restituyendo un sabor genuino de la vida apto para poder relativizar, sino modificar, las estructuras fundamentales de una política centrada en el individualismo, el progreso, la universalidad y la igualdad. Son emociones profundas que por lo general pasan inadvertidas, oscurecidas por nuestros proyectos personales en la cultura reinante. 

joanbahr@ymail.com

domingo, 22 de julio de 2012

EMOCIONES PROFUNDAS (3)


 Hay dos hilos sobre los que se teje la comunicación con alguien que irrumpe fortuitamente en presencia mía.
   En lo más hondo de mí hay una mirada que solicita su amistad; él y yo, somos la esencia de un ente conjunto del cual cada uno se rescata singularmente a sí mismo. Las diferencias por las que nos identificamos separadamente surgen de nuestra mutua afinidad. De este modo cada uno va colmando su anhelo de identidad reflejándose en los otros y se conforma como “alguien” en la impersonalidad comunitaria. Análogamente, los caracteres identitarios de un grupo de habitantes surgen de sus analogías con otros grupos comunitarios dentro de una esfera social más compleja. Finalmente, la humanidad entera, se co-refleja como especie frente a la existencia de otras especies en la biodiversidad del planeta.
    Cada uno, individualmente, tira pasivamente hacia sí mismo desgajándose del Todo al que pertenece. El ecosistema terrestre es el fondo sobre el que cada integrante atrae una esencia para él mismo que se conforma en un “yo” personal.
    Pero hay otra mirada también en lo más hondo de mí que ve al prójimo como un antónimo de mí: él no es “yo”. Aunque sí se presenta como un aliado frente a un individuo extraño para ambos. De este modo, sobre la base de las diferencias, surge la comunidad. Una comunidad forjada en el excipiente de la disputa entre muchos egos.  Así surgen sociedades contractuales, regionalismos, corporaciones, y el hombre se constituye como una especie con derecho sobre las otras especies, y como ser vivo con derecho sobre la materia inanimada. El se derrama por cualquier categoría o rango comunitario haciéndolo todo mío. La colaboración con los otros si surge, es a partir de la diferencia identitaria con otros grupos.
   
  Sorprendentemente, este exceso y esta carencia del “yo” se invitan mutuamente en un enclave privilegiado: el reconocimiento del otro como un alter ego (otro YO), tanto como yo para él. La comunidad ecosistémica de la que se desgranan todas las individualidades y el “yo” en solitario que se apropia de ella, son las puntas de un escalonamiento gradual entre individuo-comunidad-especie en cuyo eje está la noción de respeto como ­síntesis de libertad y responsabilidad.
    La profundidad insondable del ego que subvierte a su voluntad todo aquello con lo que contacta, se pacifica con el “yo” entregado a la piel anónima de la naturaleza en este intercambio óptimo en cuya matriz está la consideración del otro como tu mismo y de ti como el otro.
   En el ámbito de la conciencia, esto se da en la comunicación y se instrumentaliza por el significado. Creo que la función natural del ser humano se ubica aquí, en la tarea de significar –“dar sentido” si se prefiere–. La teórica paz social se obtendría cuando los significados por los que nos entendemos, no presentaran desniveles insalvables.

   No se en que momento de la historia occidental el comportamiento derivó hacia una actitud invasiva del medio natural, perdiéndole el respeto. Lo que sí se es que en la época moderna la naturaleza se presentaba ya como un entramado de conexiones calculables para provecho del Hombre. Se despreció el cruce ancestral de conexiones causales entre los seres vivos y los elementos por el que la vida se ha sostenido, a favor de unas estrategias funcionales en cuyo centro está el interés egoísta de una subespecie humana, la occidental.
   El delicado equilibrio entre el entramado causal que constituye la evolución, y la función de cada ser vivo en la intersección de los propósitos humanos, fue vulnerado, y con ello se violó la equiparación de todos los seres vivos por su necesaria integración en la biosfera. Por si fuera poco, desde momento en el que el Hombre obtiene energía constante con la manipulación del fuego y da el pistoletazo de salida a la revolución industrial, la función humanizada de los minerales, plantas, animales, e incluso de los propios congéneres toma mucha relevancia, en detrimento de la cualidad de cada organismo por su lugar en la evolución.

   Dos síntomas obvios de este desequilibrio.

1. La adjudicación de una función a cada cosa –para realizar los proyectos del individuo en un futuro incierto– dejando de considerar el entretejido causal que da la razón de ser a cada cosa, pone a unos individuos contra los otros en ausencia de un suelo común sobre el que gestionar el diálogo en la comunicación. Desde que Hobbes escribiera el Leviatán, la orientación de todas las políticas liberales son un reflejo de este bosquejo. Pero, en lo fundamental,  incluso las políticas contra-liberales no son tan distintas tampoco. A gran altura se diría que todas las políticas desde la era industrial son modos de organizar el beneficio obtenido a partir de la explotación de los recursos biológicos y minerales. En los tiempos en que prendieron estas ideologías el problema ecológico pasaba todavía por inexistente. Por esto, las políticas comunitarias que obviaron incluir el entorno ecosistémico en su praxis, arrastraron una impureza sutil en el decálogo de su pensamiento que las dañó severamente frente a otras políticas contrarias.
2. La segunda obviedad se desprende de la primera. La desconsideración del Hombre  hacia su entramado causal con la Vida, desnaturalizando sin medida el equilibro ecosistémico,  revierte en contra de las expectativas humanas por los efectos no deseados de su intervención. La alteración violenta de los flujos causales que adaptan la vida al planeta sigue invisiblemente su curso haciéndonos pagar con nuestra salud personal sus consecuencias.
                                                                                             foto: Assumpta Taulé
joanbahr@ymail.com

jueves, 12 de julio de 2012

EMOCIONES PROFUNDAS (2)



Desde que el Hombre se aposentó en la Tierra, y especialmente el Hombre género hombre, la evolución de la naturaleza en el planeta se ha ido reduciendo a sus necesidades básicas y a satisfacer sus ansias de dominación. Me gustaría nutrir la aparente sensatez de este párrafo inicial, con algún tipo de argumentación.



    Básicamente, la categoría de un hecho, evento o suceso solamente es percibida por el sentido humano. Los humanos penetramos la dimensión espaciotemporal y percibimos hechos claros en el oleaje de la creación y la destrucción que acontece naturalmente. Con esto, el ser humano queda dotado para designarlos, pero para ello tiene que sostener un sistema coherente de interrelaciones. Un modo de interrelacionarlos, sino el único desde lo más básico, es por el fenómeno de la causalidad. Tal vez el don que le hiciera superior al resto de los animales fuera su habilidad psíquica para trabar procesos causales dentro del tiempo lineal. Este don, reservado a los humanos, no tiene desperdicio: puede desplazar la sensación intuitiva del devenir temporal, sin relieves, por una lógica constitutiva de estructuras causales allí incluso donde la continuidad temporal no fuera visible. Un perro por ejemplo, huye cuando percibe fuego-bosque-viento-humo aproximándose; un humano distingue la combinación de unos hechos simultáneos que causan en este peligro.



    Hume ya advirtió que no hay otro modo de inferir la causalidad que no sea por un hábito fundado en la experiencia. Es decir, las leyes causales no son directamente aprehensibles por la sensación. Luego, si sabemos que a esto le sigue aquello, es por la experiencia, dice. En resumen, “correlación” y “repetición” son suficientes para armar un silogismo cuyo atributo es la causalidad. Por ejemplo, viendo que bajo ciertas condiciones se repite siempre la ebullición del agua a una temperatura constante de 100 grados, inferimos que existe una ley causal que une estos dos hechos.



    La experiencia pues, orienta al ser humano para tomar las decisiones que han de satisfacerle. Trae al presente los efectos de unas causas pasadas y de esta manera se puede confrontar el futuro. Pero este comportamiento le rezaga frente a la inmediatez viva del presente. No hay una situación idéntica a otra y para cuando conoce sus consecuencias, ya acontece otra muy distinta, o sensiblemente distinta. El medio natural no sale perjudicado, pero los humanos tenderían a desaparecer por su incapacidad de adaptarse a la contingencia espontánea de unos sucesos inmediatos. 



     Así el ser humano se inició en este saber anciano que prevé el advenir con un calado de experiencias en su mano. No obstante, una vez conoce que bajo ciertas condiciones, ciertas causas apuntan a ciertos efectos, pudo advertir que muchas de las cosas interesantes en la vida son obtenibles creando sus causas. Este es el verdadero giro que sumió la naturaleza entera a la categoría de un gran almacén de recursos para obtener sus fines. El agricultor, no esperó a ver germinar las semillas allí donde las hubiera y decide obtener su cosecha plantándolas en un terreno adecuado. El ganadero, administrando alimento a las reses dominó su ciclo reproductivo y se liberó de ir a cazar. Motivo por el cual alteran el medio, revertiendo un proceso evolutivo que les eslabonaría dentro de la cadena causal. Subvierten el medio apropiándose de él para sus intereses. 

    De este modo el Hombre se anticipa al futuro poniendo los medios necesarios para obtener lo que se propone. La prudencia, la experiencia, son reemplazadas por el riesgo y la intrepidez masculina típica del joven con mucho futuro y poco pasado. La actividad se genera sobre un fondo abierto de posibilidades en la que el actor recombina intelectualmente unos hechos para lograr sus fines. De este modo el Hombre llega incluso a la luna, desafiando lo que no había logrado proceso causal en la naturalaleza. De aquel sentir pasivo sedimentado por la experiencia, se pasa a una actividad dirigida que invierte el vertido natural de la causalidad. 
   No es una coincidencia que invertir sea una palabra tan extendida dentro del mercantilismo, ni que hoy la noción de progreso, asociada a un ideal de perfección futura, contravenga la de un regreso, asociada a la perfección de un principio originario en el pasado como divisa de otros tiempos.

 Mientras el Hombre hoy pretende Ser sometiendo la naturaleza a sus configuraciones del mundo,  y para esto se esfuerza en existir dentro de un futuro inexistente, en otro tiempo tenía que remontarse a un pasado originario para intimar consigo mismo en el centro de su experiencia global.  
   Pero la actitud antropocentrista, en general, no necesariamente es dañina para el planeta. Son dos órdenes contrarios, éstos, que se retroalimentan y en cuyo eje está el sentido humano. El desencaje entre estos modos de comportarse, enferma el planeta. No debemos desatender nuestra inmersión en el tiempo del que somos sus guardianes en el orden ético. El síntoma más evidente de este desencaje se manifiesta en la degeneración de las relaciones humanas, el empobrecimiento de la conciencia y el subsecuente sufrimiento.           

                                                                                       foto: Assumpta Taulé

viernes, 29 de junio de 2012

EMOCIONES PROFUNDAS (1)


EMOCIONES PROFUNDAS (1)

No se el motivo por el que tantas creencias han arraigado en nuestra mente condicionando peligrosamente las decisiones que tomamos. Al parecer nos hemos negado la posibilidad de evaluarlas propiamente antes de acatar ciegamente sus predicados.

 De una parte, la corriente cientifista que ha tomado el papel de lo incontrovertible, reservado a lo divino, introduce nuevos enunciados hábilmente gestionados por el mercantilismo, cuya especifidad técnica escapa a nuestra comprensión para aceptarlos.  Lo sorprendente es la facilidad con la que nuevos descubrimientos pretendidamente "científicos", vienen a desarmar los antiguos en el tránsito de unos pocos años. Siempre aparece algo nuevo en el expositor que deja obsoleto lo anterior. Todo lo cual nos lleva a dudar de la base verdaderamente científica de algunas afirmaciones que arraigan en la cultura por la demagogia de ciertos predicadores. Yo sí creo firmemente en la ciencia, si bien, el rótulo "está científicamente probado..." no debería confundirnos al extremos de acallar las dudas sobre la validez de una afirmación científica. El avance incesante de la ciencia prueba que el campo por explorar siempre es muy superior a la finitud de lo explorado. Además, los resultados obtenidos, en un área específica de la ciencia, no contemplan otras "realidades" abordadas en otros ámbitos científicos que vienen a corregir y a profundizar sobre aspectos más fundamentales, imposibles de tratar bajo el sesgo de una sola especialidad. No existe una ciencia a la que se reduzcan todas las demás (Nicolescu, Basarab, 1996). Por último, el rigor del protocolo científico avalado por el método de prueba y error, no siempre puede superar los intereses de algunos sectores muy poderosos que acechan resultados para su conveniencia.

   De otra parte, la iniquidad con la que muchas personas son anuladas por las convenciones y reglas sociales, hace que por esperanza o rebeldía, deban refugiarse en la voz de mensajeros espirituales, quienes hacen suyas máximas filosóficas o científicas, o profecías o párrafos sagrados, sacándolos fuera de su circunscripción, y amplificándolos a la medida de su perversión. No falta tampoco en el capítulo de creencias, las que insertan los cursos de auto-ayuda u otras derivaciones de moda de las que se ha apropiado el sistema productivo para sus fines.

 Vivimos en unos tiempos marcados por la complejidad. No es tarea fácil la puesta en suspensión de unas creencias, de cuya certeza no tenemos signos evidentes, para evaluarlas desde nuestro saber más irreductible. Este considerable esfuerzo nos entrega con demasiada facilidad al gregarismo quejumbroso de unos sectores sociales, o a la banalidad simplista de unas respuestas "emotivas". De este modo apaciguamos en la superficie, cómodamente, nuestras insatisfacciones más profundas. Resulta paradójico que en la era del materialismo positivista, cuya premisa principal es la "objetividad", y por consiguiente, la neutralidad del sujeto, estemos inmersos en un tejido de creencias cuya argumentación es confusa o se asienta sobre datos poco relevantes, sino arbitrarios. "Es tiempo de explicar de manera sencilla la complejidad. Si no, solamente socializamos la ignorancia" (Ramon Folch, 2011).

    El vacío ontológico que nos rodea y del cual podemos difícilmente emerger como voluntades autónomas, abre una apetitosa brecha para colocar mensajes coercitivos que programan nuestra conducta a favor del interés ajeno. Señuelos como el liderazgo, el éxito social, la jovialidad perenne, la exterioridad del cuerpo, la atracción sexual, el disfrute compulsivo, la seguridad económica, y tantos más, son indicadores del extravío del individuo en un vacío de poder permeable a creencias coercitivas publicitadas por instituciones. También el simplismo mediático del cual la información se ha apoderado, es otro modo de alentar la creencia allí donde enciende deliberadamente emociones buscadas sin ahondar en la complejidad de las temáticas a tratar. Hasta aquí, la vulnerabilidad del ciudadano en un mundo complejo de informaciones cruzadas que superan la capacidad del individuo para surgir desde su conocimiento originario. Pero tampoco la política es una excepción: el ciudadano debe resguardarse bajo el patrón de filiaciones estandarizadas cuya orientación se plasma en unos actos protocolarios que responden más a la costumbre que a una verdadera ideología.

Como afirmó Simone Weil: "Todos lo términos del vocabulario político i social podrían servir de ejemplo (...) Cada uno de estos términos parece representar una realidad absoluta, independiente de todas las condiciones, o un fin absoluto, independiente de todas las formas de acción, o incluso, un mal absoluto; y al mismo tiempo por cada uno de esos términos entendemos alternativamente o simultáneamente, cualquier cosa" (Weil 1937: 32). La ideas acuñadas en términos políticos como socialismo, capitalismo, terrorismo y demás han perdido de vista el horizonte por el que se constituyeron para caer en la perpetuación de unos actos repetitivos que empobrecen su representación. Apenas no hay algún gobernante que deje la insignia  de su solapa  para evaluar sin etiquetas los actos que se procesan bajo su mandato. Siempre hay un oneroso pasado por el que la acción se justifica para un codiciado futuro, escurriéndose del presente en donde se perfila el verdadero acierto o fracaso de la acción.

Efectivamente, los deberes políticos sujetos a la repetición de unas acciones dogmáticas se desamarraron hace tiempo de las situaciones prácticas por las que existieron, y terminan siendo parapetos tras los que se escudan fines partidistas y egoístas de los dirigentes en el poder. Este tipo de "creencias políticas" a la deriva, que no pertenecen a ningún pensamiento articulado, son peligrosos anestésicos que obvian adentrarse en los problemas concretos del ciudadano ahí donde los padece localmente. Curiosamente, hay una relación inversa entre la proximidad del político hacia los problemas del ciudadano en tiempo de campaña electoral y la distancia que pone cuando ya ha obtenido su voto. La ecología pertenece a este tipo de problemas de primer orden ligados a la situación de hecho que envuelve el ciudadano. Hoy pese a su impacto, sigue sin prestársele una atención principal dentro de las formaciones políticas, y el motivo es que no hay como correlacionarla con ninguno de los esquemas fundados sobre la práctica del mercantilismo en el primer escalafón del interés humano. 
                                                                                                                            foto: Assumpta Taulé