lunes, 14 de julio de 2014

LA DEBILIDAD DEL HUMANO


No hace mucho, leí estupefacto que una persona moría devorada por un león en presencia de sus familiares, quienes, desde el coche que abandonó para fotografiar de cerca al animal, contemplaban el espectáculo aterrados.
No es que tal insensatez sea un fenómeno muy común entre los visitantes de la reserva, pero creo que en algún grado la desconexión general del ser humano con el medio biológico en el cual ha evolucionado le ha hecho perder un saber instintivo cuyo vacío ha sido ocupado por una estúpida visión paternalista de la naturaleza. Hasta los documentales emitidos por televisión sobre los animales tienen que montarse describiendo un pequeño argumento con final feliz para el destino del animal que no hiera el bienestar moral del espectador.
Da qué pensar esta desidentificación entre el hombre y la naturaleza. En Girona, alguien que sufrió una fuerte indigestión denunció al ayuntamiento por dejar crecer en un parque público el tipo de setas que ingirió. El ayuntamiento tuvo que erradicarlas de sus parques. La domesticación deliberada de la naturaleza por el hombre, oculta que integramos un sistema orgánico en el que el buen funcionamiento de una de sus células se corresponde con el buen funcionamiento de células de otras clases, que son justamente las que le permiten optimizar su potencial. Y recíprocamente ésta es la que con su buen funcionamiento facilita que a su alrededor el sistema prosiga reproduciéndose con estabilidad.
  Nuestras especiales facultades no deberían pervertirse con la desconsideración hacia otras especies vivas, extinguiéndolas o “humanizándolas”, pues son éstas las que despiertan en nuestro cuerpo el saber instintivo y vegetativo sobre el que nuestra cognición debe asentarse para poder navegar hacia su plenitud. La perversión del sistema, o enfermedad del sistema, se evidencia cuando destruimos a nuestro alrededor las manifestaciones naturales de la vida que nos protegen psíquicamente del adormecimiento mental, del cual se aprovechan los mandatarios para infundirnos esta falsa seguridad institucional que llevó al pobre desgraciado a creer que podía fotografiar al animal salvaje' respetuoso' con los turistas que han hecho el costoso viaje hasta ahí. 

domingo, 20 de abril de 2014

VIERNES SANTO

Para decir 'yo' hay que considerar la existencia de algo que no soy yo. No es suficiente con no-ser una piedra, no-ser un árbol o no-ser una hormiga. Somos 'yo' en referencia a otro como yo, que no soy yo. Y quiero decir con esto que la consideración del 'tú' está implícita en la primera persona del singular. Sin embargo, aunque yo no sea otro, no hay como situar esta separación fuera de la esfera común que reúne a ambos.

  Nuestra actividad se mueve en dos direcciones anversas: 1.- activamente: del 'yo' al 'no-yo' y 2.- pasivamente: del 'no-yo' al 'yo'.
  El territorio, la naturaleza, la cultura y los caracteres familiares nos posicionan en un 'yo' no elegido, que se comporta en consecuencia. Y quien escoge su territorio, instrumentaliza la naturaleza, y reformula la cultura es el 'yo' decidido a ser quien quiere ser.
    En centro de esta antinomia puede aparecer el 'yo' creativo, benéfico, respetuoso, ecuánime, y también sus respectivos antagónicos.

   Jesus crucificado, quien vino a redimir al mundo de sus pecados, sería un yo beneficioso, crítico con su cultura contempránea. Alguien que predicó una relación de valores que no observaban unas leyes morales al uso de la época. El 'yo' activo de Jesús, escogió ser una vida para la cual el 'no-yo' de la las viejas usanzas, no se pudo adaptar. Su muerte aligeró el peso de unos valores antiguos y pecaminosos, -a criterio de sus seguidores-, en el inicio de una gran revolución moral.
   Sin embargo, el 'yo' activo no buscó oquedades en las viejas escrituras para reinterpretarlas, y se  aventuró en el sectarismo o en el soliloquio personal. No sorprende, pues, que clavado en la cruz, Jesús dudara en lo más profundo de sí mismo al proclamar la célebre frase "Díos mío, Díos mío, porqué me has abandonado". Las manos limpias de Pilatos, la ley romana de Herodes, y el pueblo hebreo coreando su culpabilidad, se instauraban como el 'no-yo' anónimo en la identidad de Jesus de Nazareth, que rechaza al 'yo' autor de sus ideas.
  
 La actualización de unas leyes moralmente prescritas en la vida de un pueblo, sí, requirió de una voz que avanzara otro modo de pensar acorde con la necesidad de emancipación de las personas. Pero Jesús no está fuera de la comunidad que le da muerte, a la que ama y desea salvar y que le corresponde así. Amar a los demás es amarse a uno mismo, ya que el 'no-yo' es inseparable del ‘yo’ en la plenitud del individuo –plenitud del espíritu-. Jesús es también parte del Todo del cual se siente separado, y al que denomina Dios, Y tal vez sea esta la causa del abandono que invade al hombre en su crucifixión.

  Ruego nadie se sienta ofendido por estas reflexiones dentro del máximo respeto a la tradición.

sábado, 22 de febrero de 2014

ELIMINANDO CAPAS


Capas de intermediarios entre el árbol frutal y mi plato.
Capas de tecnología entre mis amigos y yo.
Capas de petróleo entre la naturaleza y mi barrio.
Capas de contaminación hasta el cielo.
Capas de ozono que desaparecen.
Capas de informativos entre lo que sucede y lo que me entero.
Capas de inversores entre el banco y mi bolsillo.
Capas de pesticidas entre la cesta y lo que muerdo.
Capas de látex en el mejor momento del amor.
Capas de impuestos entre la corrupción y los contribuyentes.
Capas de hipocresía entre lo que dicen y lo que hacen.
Capas de publicidad entre lo que gusta y lo que se compra.
Capas de grasa hasta el peso recomendado.
Capas de pintura en los materiales naturales.
Capas de barniz entre la verdad y la mentira.
Capas de formularios para solicitar ayudas.
Capas de asfalto amagan la naturaleza de la tierra.
Capas de mandos entre los que dictan y los que matan.
Capas de extrañeza entre los electores y sus dirigentes.
Capas de incredulidad ante lo que sucede a diario
Capas de conformismo entre lo que se quiere y lo que hay.
Capas de césped entre la injusticia social y la 'afición' narcotizada.
Capas de textos entre el filósofo y su percepción directa.
Capas de experiencia marchitan la frescura del niño.
Capas de polvo en los deberes olvidados.

Decapar es exigir autenticidad.

joanbahr@ymail.com

domingo, 5 de enero de 2014

SER PÚBLICO-SER PRIVADO


El tamaño natural de un grupo humano para resolver sus cuestiones de convivencia viene determinado, en general, por la distancia auditiva entre un hablante, empleando un tono de voz cómodo, y el oído de sus receptores. A esta distancia son todavía perceptibles algunos de los registros comunicativos que se perderían para un receptor muy alejado físicamente del hablante o en un entorno geográfico distinto. Esto ya fue dicho en la entrada precedente de este blog. Ahora mi propósito es describir algunos efectos que ocasionan las herramientas mediáticas, cuya función es amplificar el mensaje auditivo, o audiovisual, extralimitándolo de la comunicación fisiológica entre humanos.

A nadie le es indiferente, por ejemplo, situarse en la proximidad o en la lejanía de un líder mediático que utiliza micrófono. Los más alejados en el área de afluencia, deben resignarse a un pobre contacto visual del comunicante, que impide completar la lógica discursiva  con su lenguaje corporal.

La instalación de pantallas auxiliares utilizadas para enmendar este déficit, introduce imágenes trabadas con fonemas que a los pocos minutos son identificadas como el cuerpo y la voz reales del individuo. La inmersión emocional e intelectual del oyente en el discurso del hablante, le hace olvidar la realidad digital de estos registros básicos. Estamos habituados a identificar en nuestra percepción materiales no humanos (grabaciones acústicas, reproducciones digitales…,) con expresiones humanas  y esto parece no alterar la entrega personal a lo real. ¡Pero sí!, hay una fractura con la realidad aunque pase desapercibida en nuestra experiencia sensible. La reproducción digital de un líder mediático tendría que desdoblarse en la mente del espectador, para no confundirla como aquél en propiedad. El cotidiano personal está invadido de engañosas reproducciones, algunas con más pretensiones de realidad vivida que otras. Un estudio pormenorizado revelaría muchos grados de distorsión de lo real que pasan desapercibidos. Solo por existir una alteración espacial y temporal ya hay un grado de distorsión. Lo grave es que nos somos muy receptivos a una comunicación sin suelo, en la que se desatienden los datos sensibles de primer orden que sostienen el oleaje de significados emitidos, constituyendo la nuestra, una percepción frágil y muy vulnerable. En lo político, se media el intercambio de mensajes con la ciudadanía, utilizando personajes ficticios, suficientemente despersonalizados, estudiados y neutros, como para marginar de la comunicación cualquierdato sujeto a la singularidad y a la vida de hecho de los comunicantes. En  este auge de la comunicación fría y distante, también de su parte, el oyente responde fríamente con su voto anónimo o con una actitud distante ante las urnas.



Se han creado espectros mediáticos, falsas identidades, cuyo desenlace suprime de la comunicación la ‘humanidad’ del contacto directo, donde sentimientos y emociones juegan un papel relevante en la formalización de acuerdos y desavenencias. La desafección y el hastío que sufre el líder, entregándose a un personaje calculado para poder liderar, y la incomprensión que siente el ciudadano, por su marginación en la gestión de los  asuntos prácticos que le conciernen, tienen como resultado unas reacciones y deseos desenfrenados destinados a colmar estas carencias afectivas fundamentales.  Algunos de los efectos perversos de estas enormes lagunas en la comunicación política con el ciudadano pudieran ser: el ansia de poder de los dirigentes, la ultra endogamia de los partidos políticos, el consumo fatuo e innecesario de productos novedosos, la superficialidad de las identidades en red, el interés desbordado por acontecimientos deportivos, las aburridas películas de uno contra mil o la ‘horchata espiritual’ de los libros de autoayuda. Nunca insistiremos lo suficiente: Individuo, sociedad y entorno no tienen cómo entrelazarse satisfactoriamente careciendo de una comunicación presencial -verbal, gestual y corporal- en conexión con el escenario natural. La eficiencia tecnológica para conectarnos globalmente, no debería desconectarnos como individuos de los más próximos ni de los intereses ecológicos que nos conciernen para optimizar nuestra vida en común. 

joanbahr@ymail.com

viernes, 29 de noviembre de 2013

EL SABOR DE LA DIFERENCIA




    Es extraordinario que seamos tan diferentes. Aunque la familiaridad con mi propia apariencia física me incapacita para juzgarme ante el espejo, cualquier otro puede percibir algo de lo que soy con solo verme. La forma de gesticular, la expresión del rostro, la fugacidad de la mirada, el timbre de la voz; son solo algunas impresiones que caracterizan mi modo de ser. Pienso, que comunicamos antes por el cuerpo que por la palabra. A veces tengo que girar involuntariamente la cabeza para completar con un rostro una conversación entre desconocidos que oigo esporádicamente a mis espaldas. Por esto, no coincido en absoluto con cuantos suscriben que la comunicación se reduce a la palabra escrita o hablada. Hay en el cuerpo una misteriosa revelación de la persona que difícilmente las palabras pueden agotar. La entonación y la sintaxis enriquecen el mensaje lógico, pero subsisten muchos relieves que preceden a la comunicación hablada. Incluso por teléfono o escuchando la radio, más tarde o más temprano tengo que condimentar lo que oigo con figuras de rostros, cuerpos, o paisajes para tomar tierra en el momento presente. Incluso leyendo una buena novela, no puedo recrearla sin ponerle un aspecto físico a los personajes que la animan. 
   Cuando se trata un asunto muy importante solemos optar por mantener un contacto personal. Lo saben bien los altos dirigentes, quienes, pese a su apretada agenda, se personan donde sea para optimizar la comunicación. Pero, ¿qué es lo que vemos en la animación física del otro?: la singularidad de alguien único para nosotros. Lo extraordinario es que, recíprocamente, yo soy un ser único también para él. Y cuando esto ocurre, entre éste y yo se funda algo especial que restará nuevamente para futuros encuentros. Es así como surge una singular conexión que por separado no tiene ninguna fuerza para existir. En esto reside el éxito del entendimiento entre pequeños grupos de personas: su interrelación corporal. La fonética de unas descripciones constituidas por unos símbolos universales es superada por una comunicación inefable, donde se accede a tantísimos registros imposibles de cuantificar.  
    En el centro de todas las “conexiones interpersonales" aparece una "conexión intragrupal" en la que uno se reconoce y en gran medida,  por los demás con quienes comparte situaciones comunes, aunque ellos, análogamente, se reconocen por otros entre los cuales estoy yo. Esto es lo interesante de la comunicación en las pequeñas comunidades. Miradas transversales dirigidas a éste, aquél o a todos, puesto que todos se conocen y actúan como un cuerpo común, al propio tiempo que cada uno es un universo propio, en el cual constituye su mundo y sus decisiones.
      La política debe orientarse desde lo pequeño, lo recóndito, donde hombres y mujeres pueden adentrarse en unos problemas comunes y ampliar su círculo en cuestiones más generales pero sosteniendo con firmeza su pequeña diferencia. No me cabe duda de que la custodia de los intereses ecológicos está mejor en las propias comunidades que habitan los territorios que en unos dirigentes urbanos y desnaturalizados cuya percepción en cifras y datos nunca se traduce en la vivencia directa de los lugares degradados. Las excepciones pueden deberse a tentadoras ofertas económicas que nunca serían posibles en una sociedad que pudiera ejercer localmente la gobernanza de sus cuestiones cívicas.    

joanbahr@ymail.com

domingo, 27 de octubre de 2013

"GENEROSIDADES"


Veo que existen dos tipos de generosidad, uno que surge desde la culpabilidad y el otro desde la responsabilidad. La carga de la obligación, o el sentido del deber, es lo que crea esta distinción. Cumplir con un precepto arraigado a la culpa, o ser coherente con lo que uno siente, tal vez apunten en la misma dirección pero no tienen el mismo alcance. Cuando alguien mira hacia otro lado para no perder altura en su rango social, engañamos a todos, salvo a uno mismo.
La sociedad va creando mecanismos para suprimir este malestar culposo posibilitando pequeños sacrificios o actitudes que hagan aparentar la adhesión del individuo a una causa noble. Se evita así la fisura de la persona dentro de un entorno de amigos, trabajo, familia. En definitiva, se evita malograr su reputación. En el hacer ecológico, la administración pública habilita instrucciones para el reciclaje de deshechos y suministra consejos para ahorrar energía, pero no mucho más. Con esto parece que la fractura ecológica ya no es responsabilidad del individuo y sí lo es del estado, quien tiene que promover las actuaciones necesarias para corregirla: en él recae la responsabilidad final. Sin embargo, contra lo que pueda creerse, los gobiernos están tan pringados de este falso bienestar social-material como lo están sus electores. La maquinaria industrial, embrutecida por la avaricia general, ha pervertido la felicidad natural del ser humano. Los dispositivos saltan cuando el confort, las posesiones o el entorno en el escaparate de la persona, no están a la altura del enclave social en el que se le ha posicionado . Su felicidad está socializada al abrigo de un anónimo cultural. Afortunadamente o desdichadamente, no nos dejan indiferentes algunos indicios de desproporción que agrietan las capas de la normalidad cotidiana. Ocasionalmente, irrumpe un sentido genuino del deber ante la inquietud de un inminente colapso ecológico. La persona se cuestiona sobre su responsabilidad directa en los alimentos contaminados, en la desaparición sistemática de la vida salvaje y en el deterioro medioambiental en su hábitat. Se apercibe de la desmesura de sus hábitos consumistas, para la salud del planeta. Se necesita mucho coraje y valentía  para realizar el cambio radical de estilo de vida que pueda responder a las exigencias del deber ecológico. La pregunta es, si no nos satisfacen ya más los valores y las costumbres que nos han impuesto, ¿seremos capaces de reagruparnos en plataformas sociales donde exista un modo alternativo de vida que sí tenga un sentido social?. Es el gran reto

joanbähr@ymail.com

martes, 24 de septiembre de 2013

EL HOMBRE - LOBO



Tal vez suscite extraños pensamientos si afirmo que nuestra naturaleza “humana” se sostiene sobre nuestra naturaleza animal, ésta sobre la vegetal y ésta sobre un fondo mineral. De alguna manera, la teoría de la evolución también lo reafirma así. Desde la óptica de las ciencias naturales somos humanos ya que ciertas propiedades y cualidades nos destacan dentro de unas características comunes con los animales. Y ciertamente, hay características comunes con los vegetales de las que, asimismo, los animales se han emancipado. Hay suficientes evidencias empíricas para pensarlo de este modo, somos materia, necesitamos de luz y agua como los vegetales; ingerimos y defecamos como los animales, nos reproducimos, generamos calor, tenemos capacidad motriz, y además, tenemos la capacidad de desgranar el tiempo en significados, de sentirnos libres y de decidir como humanos. Por consiguiente el sabor de ser-yo no solamente se refleja en los rostros humanos que nos rodean, también son decisivos el clima, la topografía del suelo, la flora y la fauna regional, y en general los fenómenos naturales del entorno. Se entiende pues, que la alteración sistemática del suelo mineral, la ausencia o extinción de millones de animales sacrificados y las miles de hectáreas de vegetación autóctona deforestada, hagan pagar un alto precio a los habitantes de territorios maltratados para identificarse en el lugar que les corresponde por su naturaleza.
Igual que en una sociedad envejecida, la falta de jóvenes se suple con la resistencia a envejecer de los mayores y su extraña inmadurez, cuando el ser humano se separa abruptamente de su conexión con la flora y fauna regional, la sombra de estos referentes se manifiesta en comportamientos violentos, agresivos e incontrolados de origen animal y en alteraciones nerviosas por la ausencia de vegetación salvaje en el cotidiano de la vida. Quien sabe incluso, si el consumo normalizado de drogas de todo tipo (originariamente para curar) no esté vinculado con esta hipótesis. Se habla a menudo de una patología autodestructiva del hombre como algo irremediable o connatural a su ser, pero se obvia considerar todo lo que el hombre a destruido, alterado y erradicado en su entorno natural para tratar de entender los efectos que pueda esto producir en su psicología individual y de grupo. Nos hemos privado de los símbolos necesarios para reconocernos como humanos por encima de la voracidad animal y de la involuntariedad vegetativa*.
    Nuestra actividad mental se levanta sobre un lecho de vida vegetal que nos enraíza y apacigua la impetuosidad extrema de los deseos. La convivencia entre árboles, plantas, flores, arbustos, enraíza, tonifica el espíritu. La voluntad se desembaraza de las indisposiciones nerviosas que nos acompañan en las grandes urbes, para poder actuar con serenidad y convicción.
    La fatal expresión "Homo homini lupus" (el hombre es un lobo para el hombre) –cuando ni siquiera los lobos se devoran entre ellos–, tal vez si en las conquistas humanas se hubiera respetado (considerado) la vida animal de los territorios, no hubiera marcado un punto y aparte en las ciencias políticas que hasta hoy condiciona nuestra convivencia.
Esto son meras hipótesis sin probar pero no quería tampoco privarme de exponerlas.

*Ver Maturana: https://www.youtube.com/watch?v=ElvGUSpD3rs

lunes, 26 de agosto de 2013

'SER' TIENE UNA TASA EN ESPAÑA.


A veces los pequeños eventos son los que mejor anuncian la decadencia actual de los derechos humanos que tanto costaron de asentar y que en cierto modo están ligados al nombre de Europa. Mi sorpresa ha sido cuando mi hija de 15 años me ha llamado desde un centro de la policía para pedirme dinero por la renovación de su DNI. Puede debatirse sobre obligación de llevar y de renovar periódicamente un documento identificativo expedido por la policía del Estado. Pero si la obligación formal tiene que acompañarse de una obligación de pago, son nefastas las correlaciones que de ello se desprenden. A partir de los catorce años, ‘ser’ en España cuesta dinero. Otros documentos como el carnet de conducir o el pasaporte se destinan hacia una actividad definida, pero con el DNI no se obtiene nada, no tiene un tránsito hacia algo. Nadie está eximido de ‘ser’ en el territorio en el que ha nacido o en el que ha crecido. No obstante, quien no paga la tasa por ser, estar directamente en la franja de lo penalizable. El derecho a la vida está en juego y también lo está el derecho a la libertad si consideramos que contraer una deuda con alguien o algo únicamente por el hecho de ser, en cierto modo te hace esclavo de ese alguien o algo. En otro marco social donde el criterio de identidad estuviera conectado con el territorio físico, la flora y la fauna en la que el cuerpo humano se ha formado, difÍcilmente se entendería que por ser se tuviera que pagar.
Pero en una sociedad donde la naturaleza está al servicio de los deseos del hombre esto no constituye un atentado. Como afirmaba Horkheimer: “El dominio de la Naturaleza implica el dominio del ser humano”.
     Tal vez piensen que me he precipitado por los solamente 10,4€ que cuesta el DNI, pero el valor límite permisible es algo que concierne a cada uno por sus medios de vida; por supuesto, los de un mendigo distan mucho de los de un banquero. También habrá quien piense que ser español tiene unos privilegios que bien valen esta miseria, pero lo cierto es que a nadie se le ha preguntado si desea adquirir estos privilegios.
    Solemos pasar por alto estos pequeños detalles de gran calado, y no son tan inofensivos como parecen. Recuerdo por ejemplo en mi niñez la consideración de los bancos como entidades seguras para proteger el dinero de robos y otros expolios caseros. El trato con los bancos se basaba en una relación contractual satisfactoria. Hoy el funcionamiento con los bancos es una obligación legitimada directa o indirectamente por la administración pública. Muchas de las obligaciones fiscales son imposibles de atender sin cuenta bancaria; hay desgravaciones imposibles sin su correspondiente reflejo bancario  y la mayoría de servicios de primer orden exigen domiciliación bancaria. Pero no existe el instrumento público equivalente. El resultado es que de cobrar antaño un pequeño interés por el dinero en cuenta, los bancos ahora te descuentan dinero por administrarla y por cada apunte bancario, y por cualquier gestión en general. Uno es prisionero de su propio dinero. 
Sin embargo, el control estatal a través del panóptico (*) bancario, retorna con efectos nocivos para el aparato del estado. Se depende instrumentalmente de quien suministra las cifras económicas del ciudadano y es una ingenuidad, como está de sobra testado, querer controlar con sus propios datos, a los entes que las proporcionan. En lo que la administración pública no reparó, es que dando de comer gratis al tiburón en la boca, quedaría prendida en sus fauces sin poder soltarse.

(*)  (Foucault, M; "Vigilar y castigar". Biblioteca nueva. 2012).

joanbahr@ymail.com



lunes, 8 de julio de 2013

EL HASTÍO DE LAS MUJERES


Veo parejas resignadas al paso del tiempo que deben su unión al sacramento conyugal  o a la presión del entorno social o lo más probable, al yugo de su economía familiar. Tal vez sean descendientes de un linaje patriarcal cuyo origen se remonta a los tiempos en los que el hombre redujo la naturaleza a un sistema productivo que servía a sus propósitos. El gran zarpazo del hombre a la naturaleza se originó por su capacidad de sustraerse de los acontecimientos y encontrar relaciones invisibles de causa a efecto que podía utilizar a su conveniencia. Desvelando la causalidad entre la semilla y el fruto pudo invertir el proceso biológico de reproducción. Este cambio supuso poder anticipar su sustento antes incluso de que el vegetal hubiera crecido. La previsión de unos resultados futuros dejó atrás el carácter accidental o contingente de los hechos naturales. Mirando el acontecimiento presente como el efecto de un hecho anterior y como la causa de algo por llegar, el hombre se introduce en la noción de eternidad.
  El descubrimiento de la agricultura en áreas apropiadas para el cultivo deja subordinada la naturaleza a la planificación humana. El agricultor tuvo que habitar un pedazo de tierra para impedir efectos no deseados que arruinen la cosecha desde el tiempo de la siembra. La tierra devino entonces un bien en sí mismo a poseer. Hay pues una correspondencia entre la noción de eternidad y la propiedad de la tierra. Pero la doble apercepción del sentimiento de eternidad y de la finitud temporal entre el nacimiento y a la muerte le hizo percatarse del paralelismo entre el semen (semilla) introducido en el vientre de una mujer fértil con la semilla sembrada en una tierra fértil para producir el fruto apetecido. Ideó así que podía reproducirse a sí mismo y prolongarse indefinidamente por los varones engendrados de ‘su’ mujer o de ‘sus’ mujeres. Pero era necesario, para ser así, retener ‘esposada’ a la madre que los pare: dominar el ciclo de reproducción humano. La mayoría de las antiguas civilizaciones siguieron este esquema que ha ido derivando hasta hoy. Es decir, por el descubrimiento de la fecundación masculina el hombre se perpetuaba en su hijos varones y libraba las hijas a otros hombres para ellos perpetuarse de a misma manera (Muchos ritos de boda guardan esta forma; la dote, el padre entregándola en el altar...). Y todavía muchos ven natural la obsesión de los hombres por clonarse en sus hijos varones en vez de encaminarlos a encontrar su propia identidad. No obstante el sistema educativo se desmorona solo y las nuevas tendencias priorizan la autenticidad del estudiante como persona.
      Con la privatización masculina de la mujer, la inmersión en la espontaneidad natural de los acontecimientos quedó sometida al determinismo causal. 
    La repartición del territorio pulverizó el gran módulo de mujeres funcionando como un gran cuerpo único sobre un fondo de experiencia compartido, denominado también “sentido común”.  
    La lógica estanca a cada hombre en su representación del mundo, pero la mujer gravita emocionalmente sobre cada nueva situación en un mundo del que participa, cuyo suelo es el ecosistema del territorio. La coordinación comunitaria en el desenvolvimiento de la comunidad se paralizó por prioridades de orden masculino más enfocadas a reducir imprevistos y obtener los resultados ideados. La inmersión en la vida de la cual todos los seres son manifestaciones únicas deslizándose unos en los otros, muriendo y naciendo, donde la tierra, el mundo, el cosmos, –la “Pachamama” en quechua–,  simbolizan la pertenencia firme a un ente común, se truncó a favor del dominio del proceso  evolutivo.
   Pero la eternidad es muy monótona si no está salpicada de sucesos y ocurrencias imprevisibles. No quiero restarle importancia al potencial científico humano que investiga las relaciones causales de la naturaleza para dotarlas de significado y utilidad, pero tiene que ir acompañado de la frescura de adaptarse a situaciones novedosas e imprevisibles en el instante presente, porque esto nos une participativamente y corporalmente. El pragmatismo femenino trata eficazmente en colaboración una situación inesperada, dado que percibe horizontalmente la interconexión entre todos los fenómenos y personas. 
   Los intereses humanos han tratado de no dejar nada a lo inesperado con más y más modos de controlar la naturaleza (y los comportamientos) ahogando la alegría en un océano de estrés y preocupación.  
   Vemos esta merma en el hastío de las parejas antes mencionadas, por la inutilidad de unos hombres preocupados y ahora resignados al fracaso que no se responsabiliza del trágico balance para la vida en el planeta y por el contrario, se desgastan en entretenimientos banales. Decía Xavier Rubert en un programa televisivo que la mayoría de las demandas del siglo pasado se habían originado en el movimiento hippie (cuya divisa era, que yo recuerde, la del amor). Hoy la gran transformación que necesitamos debe ir presidida por la alegría, y las mujeres  tal vez sean quienes puedan despertarnos de nuestro ostracismo mental y mostrarnos una vida nueva en la que la frescura de los reinos naturales es primordial para reunir nuestra felicidad.