sábado, 22 de febrero de 2014

ELIMINANDO CAPAS


Capas de intermediarios entre el árbol frutal y mi plato.
Capas de tecnología entre mis amigos y yo.
Capas de petróleo entre la naturaleza y mi barrio.
Capas de contaminación hasta el cielo.
Capas de ozono que desaparecen.
Capas de informativos entre lo que sucede y lo que me entero.
Capas de inversores entre el banco y mi bolsillo.
Capas de pesticidas entre la cesta y lo que muerdo.
Capas de látex en el mejor momento del amor.
Capas de impuestos entre la corrupción y los contribuyentes.
Capas de hipocresía entre lo que dicen y lo que hacen.
Capas de publicidad entre lo que gusta y lo que se compra.
Capas de grasa hasta el peso recomendado.
Capas de pintura en los materiales naturales.
Capas de barniz entre la verdad y la mentira.
Capas de formularios para solicitar ayudas.
Capas de asfalto amagan la naturaleza de la tierra.
Capas de mandos entre los que dictan y los que matan.
Capas de extrañeza entre los electores y sus dirigentes.
Capas de incredulidad ante lo que sucede a diario
Capas de conformismo entre lo que se quiere y lo que hay.
Capas de césped entre la injusticia social y la 'afición' narcotizada.
Capas de textos entre el filósofo y su percepción directa.
Capas de experiencia marchitan la frescura del niño.
Capas de polvo en los deberes olvidados.

Decapar es exigir autenticidad.

joanbahr@ymail.com

domingo, 5 de enero de 2014

SER PÚBLICO-SER PRIVADO


El tamaño natural de un grupo humano para dilucidar directamente sus cuestiones de convivencia viene determinado, en general, por la distancia auditiva entre cualquier hablante, empleando un tono de voz cómodo, y el oído de sus oyentes. A esta distancia son todavía perceptibles algunos registros comunicativos que escaparían a un receptor que se encontrara muy alejado físicamente del hablante o en un entorno geográfico distinto. Esto ya fue dicho en la anterior entrada de este blog. Ahora mi propósito es describir los efectos que ocasionan las herramientas mediáticas, cuya función es amplificar el mensaje auditivo o audiovisual extralimitándolo de la fisiología comunicativa entre humanos.

A nadie le es indiferente, por ejemplo, elegir situarse en la proximidad o en la lejanía de un líder mediático que utiliza micrófono en un área física de gran afluencia. Los más alejados deben resignarse a un pobre contacto visual que impide completar la lógica discursiva del comunicante con unas intuiciones directas que solo se captan ‘corporalmente’.

La instalación de pantallas auxiliares utilizadas para enmendar este déficit, introduce imágenes del individuo trabadas con unos fonemas acústicos que a los pocos minutos ya identificamos realmente como el cuerpo y la voz real del individuo. La inmersión emocional e intelectual del oyente en el discurso del hablante, le eleva por encima de la realidad de estos registros básicos. Estamos habituados a identificar materiales no humanos (grabaciones acústicas, reproducciones digitales…,) con seres humanos en nuestra percepción y esto parece no alterar nuestra entrega personal a lo real. ¡Pero sí!, hay una fractura sensible con la realidad aunque pase desapercibida en nuestra experiencia sensible. La reproducción física de un líder mediático tendría que desdoblarse del original  para no permanecer como él mismo en la mente. El cotidiano personal está invadido de engañosas reproducciones, algunas con más pretensiones de realidad inmediata que otras. Un estudio pormenorizado revelaría muchos grados de distorsión efectiva de lo real. Solo por la alteración espacial y temporal ya hay un grado de distorsión. Aquí lo muy grave es que nos hemos hecho muy receptivos a una comunicación sin suelo, en la que los datos sensibles de primer orden que sostienen el oleaje de significados, son desatendidos constituyendo una percepción frágil y muy vulnerable. En lo político, el intercambio de mensajes con la ciudadanía para regular la convivencia, se media utilizando personajes ficticios, suficientemente despersonalizados, estudiados y neutros, como para marginar de la comunicación una constelación de datos sujetos a la singularidad y a la vida de hecho de los comunicantes. En  este auge de la comunicación fría y distante, también de su parte, el oyente responde fríamente con su voto anónimo o con su actitud personal ante las urnas.



Se han creado espectros mediáticos, falsas identidades, cuyo desenlace suprime de la comunicación la ‘humanidad’ del contacto directo, donde sentimientos y emociones juegan un papel relevante en la formalización de acuerdos y desavenencias. La desafección y el hastío que sufre el líder, entregándose a un personaje calculado para poder liderar, y la incomprensión que siente el ciudadano, por su marginación en la gestión de los  asuntos prácticos que le conciernen, tienen como resultado unas reacciones y deseos desenfrenados destinados a colmar estas carencias.  Como muestra de estas carencias afectivas fundamentales algunos de sus efectos perversos: el ansia de poder de los dirigentes, la endogamia de ¡allegados' en los partidos políticos, el consumo fatuo e innecesario de productos novedosos, la ‘horchata espiritual’ de los evadidos, la superficialidad de las identidades en red, el interés desbordado por acontecimientos deportivos, y  las aburridas películas de uno contra mil. Nunca insistiremos lo suficiente: Individuo, sociedad y entorno no tienen cómo entrelazarse satisfactoriamente careciendo de una comunicación presencial -verbal, gestual y corporal- en conexión con el escenario natural. La eficiencia tecnológica para conectarnos globalmente, no debería desconectarnos como individuos de los más próximos ni de los intereses ecológicos que nos conciernen para optimizar nuestra vida en común. 
joanbahr@ymail.com

viernes, 29 de noviembre de 2013

EL SABOR DE LA DIFERENCIA




    Es extraordinario que seamos tan diferentes. Aunque la familiaridad con mi propia apariencia física me incapacita para juzgarme ante el espejo, cualquier otro puede percibir algo de lo que soy con solo verme. La forma de gesticular, la expresión del rostro, la fugacidad de la mirada, el timbre de la voz; son solo algunas impresiones que caracterizan mi modo de ser. Pienso, que comunicamos antes por el cuerpo que por la palabra. A veces tengo que girar involuntariamente la cabeza para completar con un rostro una conversación entre desconocidos que oigo esporádicamente a mis espaldas. Por esto, no coincido en absoluto con cuantos suscriben que la comunicación se reduce a la palabra escrita o hablada. Hay en el cuerpo una misteriosa revelación de la persona que difícilmente las palabras pueden agotar. La entonación y la sintaxis enriquecen el mensaje lógico, pero subsisten muchos relieves que preceden a la comunicación hablada. Incluso por teléfono o escuchando la radio, más tarde o más temprano tengo que condimentar lo que oigo con figuras de rostros, cuerpos, o paisajes para tomar tierra en el momento presente. Incluso leyendo una buena novela, no puedo recrearla sin ponerle un aspecto físico a los personajes que la animan. 
   Cuando se trata un asunto muy importante solemos optar por mantener un contacto personal. Lo saben bien los altos dirigentes, quienes, pese a su apretada agenda, se personan donde sea para optimizar la comunicación. Pero, ¿qué es lo que vemos en la animación física del otro?: la singularidad de alguien único para nosotros. Lo extraordinario es que, recíprocamente, yo soy un ser único también para él. Y cuando esto ocurre, entre éste y yo se funda algo especial que restará nuevamente para futuros encuentros. Es así como surge una singular conexión que por separado no tiene ninguna fuerza para existir. En esto reside el éxito del entendimiento entre pequeños grupos de personas: su interrelación corporal. La fonética de unas descripciones constituidas por unos símbolos universales es superada por una comunicación inefable, donde se accede a tantísimos registros imposibles de cuantificar.  
    En el centro de todas las “conexiones interpersonales" aparece una "conexión intragrupal" en la que uno se reconoce y en gran medida,  por los demás con quienes comparte situaciones comunes, aunque ellos, análogamente, se reconocen por otros entre los cuales estoy yo. Esto es lo interesante de la comunicación en las pequeñas comunidades. Miradas transversales dirigidas a éste, aquél o a todos, puesto que todos se conocen y actúan como un cuerpo común, al propio tiempo que cada uno es un universo propio, en el cual constituye su mundo y sus decisiones.
      La política debe orientarse desde lo pequeño, lo recóndito, donde hombres y mujeres pueden adentrarse en unos problemas comunes y ampliar su círculo en cuestiones más generales pero sosteniendo con firmeza su pequeña diferencia. No me cabe duda de que la custodia de los intereses ecológicos está mejor en las propias comunidades que habitan los territorios que en unos dirigentes urbanos y desnaturalizados cuya percepción en cifras y datos nunca se traduce en la vivencia directa de los lugares degradados. Las excepciones pueden deberse a tentadoras ofertas económicas que nunca serían posibles en una sociedad que pudiera ejercer localmente la gobernanza de sus cuestiones cívicas.    

joanbahr@ymail.com

domingo, 27 de octubre de 2013

"GENEROSIDADES"


Veo que existen dos tipos de generosidad, uno que surge desde la culpabilidad y el otro desde la responsabilidad. La carga de la obligación, o el sentido del deber, es lo que crea esta distinción. Cumplir con un precepto arraigado a la culpa, o ser coherente con lo que uno siente, tal vez apunten en la misma dirección pero no tienen el mismo alcance. Cuando alguien mira hacia otro lado para no perder altura en su rango social, engañamos a todos, salvo a uno mismo.
La sociedad va creando mecanismos para suprimir este malestar culposo posibilitando pequeños sacrificios o actitudes que hagan aparentar la adhesión del individuo a una causa noble. Se evita así la fisura de la persona dentro de un entorno de amigos, trabajo, familia. En definitiva, se evita malograr su reputación. En el hacer ecológico, la administración pública habilita instrucciones para el reciclaje de deshechos y suministra consejos para ahorrar energía, pero no mucho más. Con esto parece que la fractura ecológica ya no es responsabilidad del individuo y sí lo es del estado, quien tiene que promover las actuaciones necesarias para corregirla: en él recae la responsabilidad final. Sin embargo, contra lo que pueda creerse, los gobiernos están tan pringados de este falso bienestar social-material como lo están sus electores. La maquinaria industrial, embrutecida por la avaricia general, ha pervertido la felicidad natural del ser humano. Los dispositivos saltan cuando el confort, las posesiones o el entorno en el escaparate de la persona, no están a la altura del enclave social en el que se le ha posicionado . Su felicidad está socializada al abrigo de un anónimo cultural. Afortunadamente o desdichadamente, no nos dejan indiferentes algunos indicios de desproporción que agrietan las capas de la normalidad cotidiana. Ocasionalmente, irrumpe un sentido genuino del deber ante la inquietud de un inminente colapso ecológico. La persona se cuestiona sobre su responsabilidad directa en los alimentos contaminados, en la desaparición sistemática de la vida salvaje y en el deterioro medioambiental en su hábitat. Se apercibe de la desmesura de sus hábitos consumistas, para la salud del planeta. Se necesita mucho coraje y valentía  para realizar el cambio radical de estilo de vida que pueda responder a las exigencias del deber ecológico. La pregunta es, si no nos satisfacen ya más los valores y las costumbres que nos han impuesto, ¿seremos capaces de reagruparnos en plataformas sociales donde exista un modo alternativo de vida que sí tenga un sentido social?. Es el gran reto

joanbähr@ymail.com

martes, 24 de septiembre de 2013

EL HOMBRE - LOBO



Tal vez suscite extraños pensamientos si afirmo que nuestra naturaleza “humana” se sostiene sobre nuestra naturaleza animal, ésta sobre la vegetal y ésta sobre un fondo mineral. De alguna manera, la teoría de la evolución también lo reafirma así. Desde la óptica de las ciencias naturales somos humanos ya que ciertas propiedades y cualidades nos destacan dentro de unas características comunes con los animales. Y ciertamente, hay características comunes con los vegetales de las que, asimismo, los animales se han emancipado. Hay suficientes evidencias empíricas para pensarlo de este modo, somos materia, necesitamos de luz y agua como los vegetales; ingerimos y defecamos como los animales, nos reproducimos, generamos calor, tenemos capacidad motriz, y además, tenemos la capacidad de desgranar el tiempo en significados, de sentirnos libres y de decidir como humanos. Por consiguiente el sabor de ser-yo no solamente se refleja en los rostros humanos que nos rodean, también son decisivos el clima, la topografía del suelo, la flora y la fauna regional, y en general los fenómenos naturales del entorno. Se entiende pues, que la alteración sistemática del suelo mineral, la ausencia o extinción de millones de animales sacrificados y las miles de hectáreas de vegetación autóctona deforestada, hagan pagar un alto precio a los habitantes de territorios maltratados para identificarse en el lugar que les corresponde por su naturaleza.
Igual que en una sociedad envejecida, la falta de jóvenes se suple con la resistencia a envejecer de los mayores y su extraña inmadurez, cuando el ser humano se separa abruptamente de su conexión con la flora y fauna regional, la sombra de estos referentes se manifiesta en comportamientos violentos, agresivos e incontrolados de origen animal y en alteraciones nerviosas por la ausencia de vegetación salvaje en el cotidiano de la vida. Quien sabe incluso, si el consumo normalizado de drogas de todo tipo (originariamente para curar) no esté vinculado con esta hipótesis. Se habla a menudo de una patología autodestructiva del hombre como algo irremediable o connatural a su ser, pero se obvia considerar todo lo que el hombre a destruido, alterado y erradicado en su entorno natural para tratar de entender los efectos que pueda esto producir en su psicología individual y de grupo. Nos hemos privado de los símbolos necesarios para reconocernos como humanos por encima de la voracidad animal y de la involuntariedad vegetativa*.
    Nuestra actividad mental se levanta sobre un lecho de vida vegetal que nos enraíza y apacigua la impetuosidad extrema de los deseos. La convivencia entre árboles, plantas, flores, arbustos, enraíza, tonifica el espíritu. La voluntad se desembaraza de las indisposiciones nerviosas que nos acompañan en las grandes urbes, para poder actuar con serenidad y convicción.
    La fatal expresión "Homo homini lupus" (el hombre es un lobo para el hombre) –cuando ni siquiera los lobos se devoran entre ellos–, tal vez si en las conquistas humanas se hubiera respetado (considerado) la vida animal de los territorios, no hubiera marcado un punto y aparte en las ciencias políticas que hasta hoy condiciona nuestra convivencia.
Esto son meras hipótesis sin probar pero no quería tampoco privarme de exponerlas.

*Ver Maturana: https://www.youtube.com/watch?v=ElvGUSpD3rs

lunes, 26 de agosto de 2013

'SER' TIENE UNA TASA EN ESPAÑA.


A veces los pequeños eventos son los que mejor anuncian la decadencia actual de los derechos humanos que tanto costaron de asentar y que en cierto modo están ligados al nombre de Europa. Mi sorpresa ha sido cuando mi hija de 15 años me ha llamado desde un centro de la policía para pedirme dinero por la renovación de su DNI. Puede debatirse sobre obligación de llevar y de renovar periódicamente un documento identificativo expedido por la policía del Estado. Pero si la obligación formal tiene que acompañarse de una obligación de pago, son nefastas las correlaciones que de ello se desprenden. A partir de los catorce años, ‘ser’ en España cuesta dinero. Otros documentos como el carnet de conducir o el pasaporte se destinan hacia una actividad definida, pero con el DNI no se obtiene nada, no tiene un tránsito hacia algo. Nadie está eximido de ‘ser’ en el territorio en el que ha nacido o en el que ha crecido. No obstante, quien no paga la tasa por ser, estar directamente en la franja de lo penalizable. El derecho a la vida está en juego y también lo está el derecho a la libertad si consideramos que contraer una deuda con alguien o algo únicamente por el hecho de ser, en cierto modo te hace esclavo de ese alguien o algo. En otro marco social donde el criterio de identidad estuviera conectado con el territorio físico, la flora y la fauna en la que el cuerpo humano se ha formado, difÍcilmente se entendería que por ser se tuviera que pagar.
Pero en una sociedad donde la naturaleza está al servicio de los deseos del hombre esto no constituye un atentado. Como afirmaba Horkheimer: “El dominio de la Naturaleza implica el dominio del ser humano”.
     Tal vez piensen que me he precipitado por los solamente 10,4€ que cuesta el DNI, pero el valor límite permisible es algo que concierne a cada uno por sus medios de vida; por supuesto, los de un mendigo distan mucho de los de un banquero. También habrá quien piense que ser español tiene unos privilegios que bien valen esta miseria, pero lo cierto es que a nadie se le ha preguntado si desea adquirir estos privilegios.
    Solemos pasar por alto estos pequeños detalles de gran calado, y no son tan inofensivos como parecen. Recuerdo por ejemplo en mi niñez la consideración de los bancos como entidades seguras para proteger el dinero de robos y otros expolios caseros. El trato con los bancos se basaba en una relación contractual satisfactoria. Hoy el funcionamiento con los bancos es una obligación legitimada directa o indirectamente por la administración pública. Muchas de las obligaciones fiscales son imposibles de atender sin cuenta bancaria; hay desgravaciones imposibles sin su correspondiente reflejo bancario  y la mayoría de servicios de primer orden exigen domiciliación bancaria. Pero no existe el instrumento público equivalente. El resultado es que de cobrar antaño un pequeño interés por el dinero en cuenta, los bancos ahora te descuentan dinero por administrarla y por cada apunte bancario, y por cualquier gestión en general. Uno es prisionero de su propio dinero. 
Sin embargo, el control estatal a través del panóptico (*) bancario, retorna con efectos nocivos para el aparato del estado. Se depende instrumentalmente de quien suministra las cifras económicas del ciudadano y es una ingenuidad, como está de sobra testado, querer controlar con sus propios datos, a los entes que las proporcionan. En lo que la administración pública no reparó, es que dando de comer gratis al tiburón en la boca, quedaría prendida en sus fauces sin poder soltarse.

(*)  (Foucault, M; "Vigilar y castigar". Biblioteca nueva. 2012).

joanbahr@ymail.com



lunes, 8 de julio de 2013

EL HASTÍO DE LAS MUJERES


Veo parejas resignadas al paso del tiempo que deben su unión al sacramento conyugal  o a la presión del entorno social o lo más probable, al yugo de su economía familiar. Tal vez sean descendientes de un linaje patriarcal cuyo origen se remonta a los tiempos en los que el hombre redujo la naturaleza a un sistema productivo que servía a sus propósitos. El gran zarpazo del hombre a la naturaleza se originó por su capacidad de sustraerse de los acontecimientos y encontrar relaciones invisibles de causa a efecto que podía utilizar a su conveniencia. Desvelando la causalidad entre la semilla y el fruto pudo invertir el proceso biológico de reproducción. Este cambio supuso poder anticipar su sustento antes incluso de que el vegetal hubiera crecido. La previsión de unos resultados futuros dejó atrás el carácter accidental o contingente de los hechos naturales. Mirando el acontecimiento presente como el efecto de un hecho anterior y como la causa de algo por llegar, el hombre se introduce en la noción de eternidad.
  El descubrimiento de la agricultura en áreas apropiadas para el cultivo deja subordinada la naturaleza a la planificación humana. El agricultor tuvo que habitar un pedazo de tierra para impedir efectos no deseados que arruinen la cosecha desde el tiempo de la siembra. La tierra devino entonces un bien en sí mismo a poseer. Hay pues una correspondencia entre la noción de eternidad y la propiedad de la tierra. Pero la doble apercepción del sentimiento de eternidad y de la finitud temporal entre el nacimiento y a la muerte le hizo percatarse del paralelismo entre el semen (semilla) introducido en el vientre de una mujer fértil con la semilla sembrada en una tierra fértil para producir el fruto apetecido. Ideó así que podía reproducirse a sí mismo y prolongarse indefinidamente por los varones engendrados de ‘su’ mujer o de ‘sus’ mujeres. Pero era necesario, para ser así, retener ‘esposada’ a la madre que los pare: dominar el ciclo de reproducción humano. La mayoría de las antiguas civilizaciones siguieron este esquema que ha ido derivando hasta hoy. Es decir, por el descubrimiento de la fecundación masculina el hombre se perpetuaba en su hijos varones y libraba las hijas a otros hombres para ellos perpetuarse de a misma manera (Muchos ritos de boda guardan esta forma; la dote, el padre entregándola en el altar...). Y todavía muchos ven natural la obsesión de los hombres por clonarse en sus hijos varones en vez de encaminarlos a encontrar su propia identidad. No obstante el sistema educativo se desmorona solo y las nuevas tendencias priorizan la autenticidad del estudiante como persona.
      Con la privatización masculina de la mujer, la inmersión en la espontaneidad natural de los acontecimientos quedó sometida al determinismo causal. 
    La repartición del territorio pulverizó el gran módulo de mujeres funcionando como un gran cuerpo único sobre un fondo de experiencia compartido, denominado también “sentido común”.  
    La lógica estanca a cada hombre en su representación del mundo, pero la mujer gravita emocionalmente sobre cada nueva situación en un mundo del que participa, cuyo suelo es el ecosistema del territorio. La coordinación comunitaria en el desenvolvimiento de la comunidad se paralizó por prioridades de orden masculino más enfocadas a reducir imprevistos y obtener los resultados ideados. La inmersión en la vida de la cual todos los seres son manifestaciones únicas deslizándose unos en los otros, muriendo y naciendo, donde la tierra, el mundo, el cosmos, –la “Pachamama” en quechua–,  simbolizan la pertenencia firme a un ente común, se truncó a favor del dominio del proceso  evolutivo.
   Pero la eternidad es muy monótona si no está salpicada de sucesos y ocurrencias imprevisibles. No quiero restarle importancia al potencial científico humano que investiga las relaciones causales de la naturaleza para dotarlas de significado y utilidad, pero tiene que ir acompañado de la frescura de adaptarse a situaciones novedosas e imprevisibles en el instante presente, porque esto nos une participativamente y corporalmente. El pragmatismo femenino trata eficazmente en colaboración una situación inesperada, dado que percibe horizontalmente la interconexión entre todos los fenómenos y personas. 
   Los intereses humanos han tratado de no dejar nada a lo inesperado con más y más modos de controlar la naturaleza (y los comportamientos) ahogando la alegría en un océano de estrés y preocupación.  
   Vemos esta merma en el hastío de las parejas antes mencionadas, por la inutilidad de unos hombres preocupados y ahora resignados al fracaso que no se responsabiliza del trágico balance para la vida en el planeta y por el contrario, se desgastan en entretenimientos banales. Decía Xavier Rubert en un programa televisivo que la mayoría de las demandas del siglo pasado se habían originado en el movimiento hippie (cuya divisa era, que yo recuerde, la del amor). Hoy la gran transformación que necesitamos debe ir presidida por la alegría, y las mujeres  tal vez sean quienes puedan despertarnos de nuestro ostracismo mental y mostrarnos una vida nueva en la que la frescura de los reinos naturales es primordial para reunir nuestra felicidad. 

sábado, 27 de abril de 2013

SOSTENIBILIDAD DE LA CIUDAD


Cuando pienso en los orígenes de la ciudad, me fijo en mi ciudad; en la que he nacido y en la que vivo. Se encuadra al resguardo de la Serra de Collserola y va hasta el mar Mediterráneo acotada por los ríos Besos y LLobregat. Dell mar se levanta un peñasco de nombre Montjuïc, idóneo para alertar de la amenaza de cualquier peligro vecinal. Barcelona pues, se extiende en un lugar privilegiado abastecida por fértiles campos a orillas de estos ríos. Sin embargo, la proximidad de estos  ríos principales no debió de ser suficiente antaño para proveer de agua a la ciudad. Hoy las Ramblas es el lugar natural de paseo de los Barceloneses. La suave brisa que acaricia la piel en los días calurosos es la cola de un canal de aire que vence la resistencia de Collserola entrando por las concavidades dentadas de su forma natural. No sería sorprendente que en otros tiempos las Ramblas acaudalan agua, si entendemos que la 'Riera de Sant Miquel', una calle de líneas meandrosas, muere donde nace la primera de las ramblas –la Rambla de Catalunya– de la que se siguen las otras cruzando el centro de la ciudad hasta desembocar en el mar.
   Veo que de todos los asentamientos posibles algunos reúnen mejores condiciones naturales para el sostenimiento de una comunidad humana: es allí donde fructifican las poblaciones. Esta hipótesis defiende que la naturaleza coadyuva al hombre para asentarse en ciertos lugares ventajosos para sus intenciones comunitarias. En lo esencial, la adaptación territorial del hombre en la naturaleza es equiparable a la del resto de los animales. Sin embargo, su especial aptitud para jugar a su favor con los recursos naturales repercute en un intercambio desfavorable para el medio en el que se adscribe. Su capacidad para causar sin escrúpulos efectos ventajosos en menosprecio de la flora y fauna de la región, perjudica el equilibrio necesario entre especies que sostiene la vida en el territorio. Aunque paradójicamente, como especie viva, el desequilibrio con su medio natural revierte también en contra suyo. Curiosamente, uno de los problemas principales que debieron sufrir las primeras grandes concentraciones humanas debió de ser el de deshacerse de sus excrementos y orines. La reinversión natural de los detritos en nutrientes para la tierra y para algunos animales, se vió impedida en las ciudades por su singular topografía. La repugnancia corporal hacia los detritos tiene sus fundamentos. Desconozco las conexiones químicas entre la podredumbre de los detritos humanos en la solidez de las capas urbanas con la afluencia de enfermedades como la peste, la sífilis u otras enfermedades, pero no creo decir nada de extraordinario si vinculo esta falta de higiene con la aparición  de estas enfermedades. Este hecho pudiera ser un primer diagnóstico histórico de insostenibilidad medioambiental. Desde esta perspectiva, el deterioro irresponsable del ecosistema o la interrupción de los lazos simbióticos de cooperación con otras especies, traumatiza la Vida en un área revertiendo con la irrupción de enfermedades y muerte. Es el modo tiene la naturaleza de involucionar a un estadio anterior de equilibrio con el ambiente abiótico en el que se desarrolla[1].
  Ya con la revolución industrial y el trabajo de las máquinas la ciudad adquirió dimensiones insospechadas. Hoy las ciudades del primer mundo están acondicionadas con medidas higiénicas que previenen aquellas enfermedades, pero subsisten todavía otros tipos de contaminantes que traban la salud mental y física de las personas. Aunque el hedor de la podredumbre orgánica no invada las calles, los fármacos antiestrés, antidepresivos, las drogas (las legales e ilegales), los potenciadores sexuales o desinhibidores, por destacar algunos ejemplos, muestran vinculaciones deficientes con el pulso de la Vida en la ciudad. La imprudencia de no haber querido respetar suficientemente la evolución de la Vida, probablemente sea el motivo. Temo que lo peor esté aun por llegar si no se pone remedio inmediatamente a la desnaturalización del ser humano en las grandes comunidades. La introducción del reciclaje es una medida cautelar para contener el gasto de los recursos del subsuelo terrestre, pero no resuelve un problema básico de fondo: la preservación de la Vida en el planeta. Sueño con que las futuras generaciones puedan ver un grado de tecnología tan avanzada y refinada que permita la convivencia con otras especies sin que éstas tengan que pagar por el bienestar humano. Ciudades-park donde el acaecer de la naturaleza marque unas decisiones de orden prioritario para el sostenimiento del ecosistema. La civilización más avanzada sería aquella que de modo consensuado, altera menos el hábitat en el que su propio sentido se desenvuelve.  

[1]«De hecho, la naturaleza nos demuestra cómo algunas especies incluso retroceden a una fase larval anterior de su desarrollo cuando su forma adulta se ha hecho demasiado rígida y mal adaptada. Este proceso, la paidomorfosis o neotenia, permite que la forma más joven y menos estructurada (y por lo tanto, más adaptable) lleve adelante a la especie» Henderson, H. “Una guía para montar el tigre del cambio.» en Thompsom, W.I (Ed.) (2006) Gaia. Barcelona. Kairós. P. 143